Guije.com «Días de Trinidad» en Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba

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“Apuntes Dispersos” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939.



El Callejón de Galdós, uno de los rincones más antiguos de la ciudad. En Apuntes Dispersos, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.


“Apuntes Dispersos”

I

“Abro mi carnet de apuntes, y transcribo notas dispersas sobre hombres, cosas, anécdotas de Trinidad. Hombres de ayer y de hoy, anécdotas reales, cosas cotidianas: acaso concreten en la claridad de un detalle, mejor que largos discursos de exégesis, el alma de la ciudad.


II

“Trinidad debiera tener en el mapa la forma de un corazón. Así entraría por los ojos, gráficamente, el conocimiento previo de la cordialidad de sus hombres. Cordialidad honda y clara, que envuelve al visitante en un calor de abrazo gozoso. Cordialidad de gran señor, que, luego de abrir de par en par las puertas de su hogar. Después de repetir la vieja frase castellana: "Pasad, la casa es vuestra", cumple generosa, noblemente, la promesa de sus palabras.


“En todas partes encuentro, neta y viva, la cordialidad trinitaria. Ingratitud sería no reconocerlo. Y peor, no pagarla con moneda de amistad... Don Juan Font, Julio Torrado, René Artze, José Antonio Bravo, Eugenio Deschamps, Enrique Schumann, José López, Manuel de J. Raspall, Antonio Torrado: merced a vosotros conozco el encanto de la cordialidad trinitaria. ¡Gracias por ese don!


III

“Don Juan Font, a quien acabo de conocer, despliega ante mí, para entregármelo de golpe, el espíritu efusivo, apasionado, de la ciudad. Es un hombre enjuto, de mirada abierta, de ánimo bondadoso, de agradable conversación. Su traje impecable es trasunto de su limpieza espiritual.


“Tiene Don Juan una virtud impar: su cordialidad. Y una pasión que supera toda medida: el Sanatorio Antituberculoso de Topes de Collantes. Y entre esta pasión y aquella virtud, una admiración fervorosa por el coronel Fulgencio Batista: una admiración pulquérrima, con la transparencia de un cristal, que se exhibe íntegramente. Don Juan la expresa con palabras sencillas y claras, sin la hiperbólica hinchazón de quien espera una merced, sin asumir la humillante actitud del turiferario de oficio. Y, al oírlo, se le comprende.


“-Yo tenía la finca "Itabo" en Topes de Collantes, -me dice con voz lenta, cálida de efusión-, y sabía que era magnífica para establecer un hospital de tuberculosos. Desde tiempo inmemorial han venido a las lomas de Trinidad enfermos de los pulmones, para curarse. Yo estaba dispuesto a dar una considerable extensión de terreno para que se hiciese un sanatorio. Cuando cayó el Gobierno de Machado quise interesar a los gobernantes en ese propósito. Me dirigí a los distintos presidentes y a los secretarios de Sanidad. Ninguno me hizo caso. Los memorándums que les escribía quedaban sin respuesta. Pero yo no me cansaba, porque tan solo tenía el deseo de prestarle un servicio a la humanidad. Así pasaron tres años, hasta el 1936, en que me dirigí al coronel Batista. La verdad es que lo hice sin mucha esperanza de ser atendido. Pero a los pocos días recibí un recado del Coronel, invitándome a que lo visitara. Cuando le expuse mi deseo de contribuir a la obra que estaba realizando el Consejo Nacional de Tuberculosis, cediendo diez caballerías de mi finca "Itabo", situada en Topes de Collantes, el coronel Batista me dijo: "Me congratula ver que la obra que estamos realizando en favor del pueblo tiene repercusión entre los cubanos. El senador Alfredo Hornedo acaba de donar una finca en Ceiba del Agua, para que construyamos en ella el Instituto Cívico Militar. Ahora usted me ofrece diez caballerías de tierra para construir un sanatorio antituberculoso. Estudiaremos el asunto. Pero por lo pronto quiero agradecerle su oferta en nombre de Cuba". Esas fueron, poco más o menos, sus palabras. Cuando me despedí, sin embargo, yo no estaba muy satisfecho. La verdad es que no habíamos quedado en nada. Pero a los pocos días recibí otra invitación del coronel Batista, para que lo visitase nuevamente. Contra todo lo que yo esperaba, ya se habían hecho los estudios necesarios, en cuanto al clima, situación, condiciones de salubridad y todo lo demás de Topes de Collantes. Los informes técnicos de los médicos eran favorables, lo mismo que los del meteorólogo y los de los ingenieros. Entonces el coronel Batista decidió venir personalmente a ver el lugar. Era una empresa dura, no crea. No había carretera y el camino era difícil y peligroso. Pero el coronel Batista se empeñó en subir a Topes de Collantes. Y el resultado, ya usted lo verá, porque usted no se puede ir de Trinidad sin visitarlo... En poco tiempo se ha hecho una carretera magnífica y están muy adelantadas las obras del sanatorio.


“Don Juan Font calla un instante. Y, finalmente, a modo de resumen, agrega:


“-El coronel Batista es un gran hombre y con esta obra ha dejado su nombre en el corazón de Cuba.


IV

“Generosidad, cordialidad, hospitalidad: virtudes trinitarias. Virtudes que se acusan en cien hechos simples, cotidianos, a los que apenas se concede importancia.


“Visito una casa amiga, tentado por la esperanza de gustar una taza de su excelente café. Café exquisito y estimulante, acabado de colar, que constituye un privilegio de las lomas trinitarias. Pero los señores de la casa están solos. Los sirvientes han ido todos a no se que oficio de la Semana Santa, que se celebra en la Parroquia Mayor. No habré de probar, por lo tanto, la infusión deseada. Me consuelo, sin embargo, con el deleite de una charla amena. Transcurre un largo rato; una hora tal vez. Se acerca el instante en que toda la población se congregará en los alrededores del templo, para asistir a la procesión de Jueves Santo. Mis amigos querrán, naturalmente, presenciar el espectáculo. Y, comprendiéndolo, me dispongo a retirarme. Pero la dueña de la casa, Nuestra Señora de la Hospitalidad, retrasa mi propósito:


“-¡Cómo se va a ir sin tomar café!


“Y -recatando bajo un delantal la elegancia de su traje- se dirige a la cocina, para prepararlo con sus propias manos.


V

“Otra virtud que se mantiene intacta en Trinidad: el respeto filial.


“Un inspector sorprende y ocupa un contrabando de café. Delante de una pareja de la guardia rural levanta el acta correspondiente. El comerciante acusado pasa ya de los treinta años, tiene hijos casi púberes. Observa en silencio la diligencia que levanta el inspector. Mas, cuando se termina la lectura del acta, exhala un ruego con voz conmovida:


“-¡Por Dios, señores, por lo que ustedes más quieran: que el viejo no se entere de esto!


“El decomiso del café, la multa, las molestias: nada de eso importa. No importa tampoco la opinión del inspector, ni la de los soldados, ni la de los chóferes testigos del acto. Pero precisa evitar que el viejo -de una moral inflexible- sepa que un hijo suyo realiza negocios al margen de la ley.


VI

“Cual si añorase cosas que nunca ocurren, Trinidad, -la tranquila, sosegada, somnoliente Trinidad-, ha puesto a sus tiendas de ropas nombres terroríficos. Una se denomina "El Cañonazo"; otra "El Huracán"; la de más allá, "El Terremoto". Y ésta de aquí, agotados ya los usuales en Cuba, ha escogido un nombre exótico y que empavorece: "El Tifón".


VII

“Llegó cierto día a Trinidad una forastera, escoltada por un adolescente desgarbado, de palidez azulenca, escuálido. Y la dama, elegantemente ataviada, se dolía del fracaso de salud que agotaba al mozo, sobrino suyo, que la acompañaba. "Está el pobre malo de los pulmones, -explicaba-, y le han recetado el clima de Trinidad". Alquiló, por ello, una casa en el callejón de Galdos, después de conseguir, a fuerza de ruegos, que sus moradores la desocuparan. Pero no la habitó sino unos pocos días. Y, al cabo, se supo el motivo real que tenía para alquilar aquella casa: de una pared había extraído onzas de oro por valor de setenta mil pesos.


“La noticia circuló profusamente por la ciudad. Y durante varias semanas las piquetas se dieron a la tarea de agujerar paredes. Cada vecino, encendido de esperanza, sospechaba en algún viejo muro de su casa la existencia de un tesoro.


VIII

“Los tres vagones del tren están abarrotados. Y en esa confusión de gentes, bultos, gritos, pitazos, -chirridos y campanadas,- dos bellas muchachas, poetisas acaso, inteligentes tal vez, pero con seguridad soñadoras, se dedican a recoger autógrafos.


“Ingenuas Artemisas idealistas, intentan cazar finas presencias de espíritu y sólo alcanzan a llenar de tonterías el morral.


IX

“He aquí una escena que, no hace mucho tiempo todavía, acontecía frecuentemente en Trinidad.


“Entra un forastero en el café que, conforme le han informado, es el más importante de la ciudad. Se sienta frente a una mesa y un mozo diligente se dispone a servirlo. La noche, tórrida, exige la refrescante delicia de una crema helada.


“-Deme un mantecado- dice el cliente.


“Y el mozo:


“-No está encendido el farol rojo.


“El forastero vierte una mirada de pasmo sobre el dependiente. ¿Estará loco? ¿No habrá entendido sus palabras? ¿Se estará burlando...? Y, un poco más enérgicamente, vuelve a ordenar:


“-Déme un helado: un helado de cualquier cosa.


“El mozo constata entonces la condición foráneo de su interlocutor. Y le aclara:


“-Como aquí no se hace helado todos los días, si no de tiempo en tiempo, cuando lo hay se enciende un farol rojo en la puerta y se hace sonar un timbre.


X

“Con el alba llegan a la población los lecheros, jinetes en rocines flacos y de mal pelaje. Rocines con el pescuezo caído, alargado en la búsqueda ávida de un manojo de yerba hipotética; con las pupilas cansadas, húmedas de incurable tristeza, que reflejan la senectud de la ciudad. Portan a cada lado, metidas en una alforja, sendas botijas con las bocas abiertas, que van recogiendo el polvo del camino. Cuelga del aparejo una pequeña vasija, destinada a medir la mercancía. Y esta vasija, y la alforja, y el aparejo, y el hombre y el caballo, son, revueltamente, un cartel contra la higiene.


“Me informa alguien que, en Trinidad, la mortalidad infantil es muy alta.


“Y yo, mentalmente, establezco una relación.


XI

“Oigo regatear el precio de una fruta bomba. El vendedor ambulante explaya sus argumentos con una voz lánguida, rendida de fatiga. Se diría que es la voz de ese hombre, no su cabeza, la que soporta, durante luenga jornada, el peso de la canasta de frutos y viandas.


“La presunta compradora repite, inflexible, una sola razón:


“-Es muy cara en cincuenta centavos.


“Y, en efecto, cincuenta centavos por una fruta bomba de tamaño mediano me parece un precio excesivo:


“-Ni en La Habana valdría tanto- comento.


“Y la cocinera de la casa en que me hospedo, asomando relámpagos de marfil a su rostro de ébano, con un acento de gracia indescriptible en la voz, me explica:


“-Es que aquí todos somos ricos. ¡Si esta es la ciudad de la "tubería", porque aquí: mi familia "tuvo"; el vecino "tuvo"; todo el mundo "tuvo". ¡Y es claro...!


XII

“Acabo de recorrer el Palacio de Borrell. Me ha servido de afable cicerone el señor Isidoro González, su actual propietario. El señor González es un hombre de escasa estatura, pecho amplio, piernas ligeramente arqueadas, cabeza redonda y rostro macizo. Su expresión verbal dificultosa es un tanto sibilina, pero, con un poco de buena voluntad y otro poco de imaginación, el auditor desentraña sus explicaciones. Disfruta de holgada posición económica el señor González, aunque nadie lo imaginaría. Engordó su capital con la crianza de ganado, según tengo entendido. Y tengo entendido, parejamente, que es un hombre laborioso, honrado y serio.


“Yo estoy encantado con el señor González. Ha sido él quien ha descubierto las grecas bicromáticas que se ven en la sala, vestigios acaso del primitivo decorado, que un bárbaro, enjalbegando las paredes, hizo desaparecer. El señor González me explica como ha ido descubriendo tales grecas. Cuando no tiene mucho que hacer, toma un martillo o algo parecido y va dando pequeños golpes en la pared. Los golpes hacen caer la capa de cal reciente, y entonces aparecen las grecas. Yo me imagino al señor González golpeando suavemente, amorosamente, con delectación de esteta, las paredes. Y me siento, decididamente, encantado con el señor González. Pienso que ha adquirido este palacio en prenda de su gusto arquitectónico. Y reconozco que es un espíritu de artista.


“Pero se habla de tesoros ocultos. Don Juan Font arriesga una afirmación:


“-En esta casa hay un tesoro escondido.


“Y Don Isidoro González responde:


“-Por eso yo la compré... Pero hasta ahora no lo he encontrado y ya tengo cavadas todas las habitaciones.


XIII

“Ruido de pasos, derroche de luz, ajetreo de apresurados dependientes. Son las nueve de la noche y está "La Ronda" -así estará hasta las once u once y media- atestado de clientes. "La Ronda" es un café. Es el único café moderno que existe en Trinidad. Entraña la significación de una racha de prosperidad y progreso en la ciudad vuelta hacia el pasado. Sus mesas, de mármol o vitrolite, son de impoluta blancura. Las de madera se recatan discretamente bajo manteles, alisadas continuamente por manos cuidadosas. El mostrador del bar es de caoba, igual que los anaqueles del armatoste, donde un espejo enorme duplica el centro del salón. La vidriera del lunch luce apetitosa, con su jamón en dulce, de sonrosada carne; con su pierna de puerco recién asada: con sus lonchas de mortadella y sus rodajas de pepino; con su queso de Gruyere, plagado, como una playa cangrejera, de redondos huecos. Y hay helados, helados de tres, de cuatro, de cinco clases. Todas estas menudas cosas que en la Habana, que en otra ciudad cualquiera sería pueril, ridículo enumerar, tienen indudable importancia en Trinidad.


“Lo que más vale para mí en "la Ronda", sin embargo, no son sus mesas blancas, ni su bar, ni su lunch, ni sus helados, sino la presencia de don Paco Venegas. Es un viejo alto, de sesenta y cuatro años, ágil todavía y todavía erecto como un palo de goleta. Su rostro -maraña de surcos- es apretado y enérgico. Viste trajes de dril blanco, planchados con esmero. Sus corbatas son primaverales, de colores frescos. Luce un jipi conformado a la manera criolla. Y tiene, por encima de todo, un irresistible don de simpatía, porque es la encarnación de la socarronería campesina de buena ley.


“Todos los días, mientras permanezco en Trinidad, busco a don Poco Venegas, para charlar un rato con él. Una noche hablamos sobro cosas de mar, y don Paco me pregunta:


“-¿A usted le gusta pescar?


“-Mucho-, le respondo.


“-Pues yo me pasé cincuenta años en Casilda y nunca cogí un cordel...


“Abre un golfo de silencio. Y después, subrayando la frase con una mueca, añade:


“-También es verdad que yo era patrón de barco. ¡y eso que me mareaba¡


XIV

“Todas las noches, desde las diez hasta las doce, ocupo una mesa en "La Ronda". Se acomodan en torno algunos espíritus cordiales. Humean en la mesa tazas de café y en los labios florecen tradiciones, leyendas, anécdotas, algún chisme local.


“Se habla de don Daniel -figura arrancada de la Literatura Picaresca-, "de cuyo apellido no quiero acordarme". Y toda la tertulia, al solo enunciado de su nombre, empieza a sonreír. He aquí una anécdota de su vida: Don Daniel se había hecho cargo de un ingenio, comprometiéndose a pagar una renta que el propietario en definitiva, nunca recibía. A causa de ello, los esclavos, en la intimidad de su conciencia, no tenían para el arrendatario el respeto que se guarda al dueño. Y, por consecuencia, se mostraban a veces indolentes en el trabajo. Los mayorales, aunque mortificados, no se atrevían a castigarlos, porque a don Daniel, que era tan bondadoso como mal pagador, no le gustaba recurrir al látigo. Empero, pues que tenía necesidad de poner coto a la vagancia de los esclavos, se puso a discurrir, hasta idear un plan de indudable eficacia psicológica. Tomaba un hombre de su confianza y, después de darle con agua y cal la apariencia de un esqueleto, lo embadurnaba de fósforo. Y así, disfrazado, lo situaba en un hoyo del cementerio. Esa noche reunía en el camposanto a la dotación y, dando una palmada, hacía levantarse en su tumba temporal al apócrifo espectro.


“A la vista de aquel esqueleto fosforescente, los esclavos caían de rodillas, convulsionados de espanto. El único que conservaba íntegra su ecuanimidad era Don Daniel que, con voz grave, interrogaba:


“-Espantagente, ¿quién eres tú?


“El fantasma cavernosamente respondía:


“-Yo soy don Mariano Borrell.


“-¿Y qué es lo que tú quieres. Espantagente?


“-Quiero que la dotación sea buena y que trabaje mucho para Don Daniel.


“El espectro, a continuación, volvía a tenderse en su lecho de tierra. Y durante algún tiempo, mientras recordaban aquella visión de pesadilla, los esclavos sudaban sangre en beneficio de Don Daniel.


“Otra anécdota aun.


“Llegó a Trinidad un catalán, de apellido Vaquer, para recoger la herencia de un familiar suyo, que acababa de fallecer. Don Daniel se contaba entre los deudores del difunto. Y un día, apremiado para que saldase su deuda, le rogó a Vaquer que fuese al ingenio, donde habría de pagarle.


“Vaquer concurrió, en efecto, a la cita. Pero en el ingenio, al penetrar en el comedor, encontró un espectáculo que no esperaba: sentado a la mesa estaba Don Daniel, completamente desnudo. Lo servían dos esclavos, igualmente en cueros. Y, abanicándolo, se hallaba a su espalda otro siervo desprovisto de ropa. Vaquer estupefacto, aceptó mecánicamente la invitación a tomar asiento que puesto ceremoniosamente de pie, lo hacia Don Daniel.


“-Usted tomará una taza de café, señor Vaquer- dijo el anfitrión con gravedad majestuosa que contrastaba con su desnudez.


“-Sí... Desde luego... Claro... Lo que usted quiera...- balbuceó el invitado.


“Don Daniel hizo una llamada y, al instante, portando sendas bandejas, aparecieron dos esclavas. ¡y ni un somero taparrabo velaba sus carnes!


“Con los ojos desorbitados, sin esperar siquiera a probar el café que le estaban sirviendo, Vaquer después de mascullar una excusa, fue en busca de su caballo para regresar a la ciudad. Y en la ciudad, a la primera persona que hubo de encontrar fue al propio Don Daniel que, acortando el camino mediante un atajo, se le había adelantado.


“Sin dar apenas crédito a sus ojos, Vaquer indagó: -Pero ¿usted no estaba en el ingenio?...


“Y Don Daniel, con una sonrisa seráfica en los labios, contestó:


“-No, señor Vaquer. Hace una semana que no voy por allá. Por cierto que me alegro de haberlo encontrado, para rogarle que no me visite hasta dentro de tres o cuatro días.


“-¡Pero si yo lo acabo de ver en el ingenio¡ ¡Si usted estaba desnudo, todo el mundo estaba desnudo!


“Don Daniel, de repente, se puso grave. Contrajo levemente el entrecejo y, acariciándose la barba blanca, se mostró un tanto ofendido:


“-¡Hombre, señor Vaquer, la broma me parece un poco pesada y, desde luego, de mal gusto! A mis años no se está para andar desnudo entre la gente.


“Vaquer, sintiendo que la tierra vacilaba bajo sus pies, vociferó:


“-¡Pero si yo lo he visto¡ ¡Lo he visto a usted desnudo¡


“Don Daniel, entre colérico y conmiserativo, dejó caer una sola frase, una frase definitiva:


“-Usted está loco, señor Vaquer.


“Durante varios días, Vaquer se comportó, en efecto, como un demente. Detenía en la calle a cuanta persona conocía y, tomándola por un brazo, le suplicaba:


“-Oiga, señor, míreme bien, examíneme; dígame si usted cree que yo estoy loco!


“Y, entregado a la aclaración de su duda, se olvidó de cobrarle la deuda a Don Daniel.


XV

“El amor más hondo, al más entrañable, el más fervoroso amor por Trinidad lo sienten dos clases de hombres: los forasteros radicados en ella y los trinitarios que no la habitan.”



Edificios centenarios se van desmoronando lentamente. En Apuntes Dispersos, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.




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Última Revisión: 1 de Enero del 2005
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