Guije.com «Días de Trinidad» en Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba

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“El Encanto de las Casas Viejas” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939.



Altas ventanas voladas con balaustres de madera, hechos pacientemente a mano... En Encanto de las Casas Viejas, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.


“El Encanto de las Casas Viejas”

I

“Se habla de los palacios de Trinidad, se encarece el mérito de sus pinturas, se alaba fervorosamente su belleza arquitectónica. Son los hijos mimados, por bonitos, que la familia exhibe con embobada ufanía. Apenas llegado un viajero, se le hace visitar el Palacio de Borrell, el Palacio de Iznaga, el Palacio de Don Justo Cantero, el Palacio del Conde de Brunet; se le recuerda el Palacio de Bécquer, que tuvo en Samuel Hazard un comentarista apasionado. So fía, casi exclusivamente, en la suntuosidad de las grandes fábricas para captar la admiración del forastero. Y, no obstante, lo que aporta una fisonomía peculiar y única a la ciudad, no son las fastuosas mansiones señoriales, sino los edificios de mediana amplitud y las casas pequeñas, centenarias algunas, que se admiran por todas partes. Esas longevas construcciones de la Calle de la Amargura y de la Calle del Cristo, del caserío de La Popa y del callejón de Galdós, son las que, en definitiva, crean una atmósfera de encanto y arcaísmo.


“Altas ventanas voladas -con balaústres de madera, hechos pacientemente a mano- que avanzan hacia la calle como un impulso cordial. Puertas de cedro, adornadas con hileras de redondos clavos, con una cerradura de bronce tan gruesa, que hace sonreír. Ventanitas abiertas cual ancianos ojos indiscretos sobre la curiosidad transeúnte. Cuadradas losas isleñas de los patios, descascaradas por la mordedura de los días. Viejos tejados en declive, mancharlas de tiempo, ennegrecidos de senectud. Balcones redondos, amorosamente trabajados por un oscuro artífice de la madera, y anchos, como para no ajar la pomposidad del miriñaque. Todo eso que viene del pasado, que ya no existe en ninguna parte de Cuba, ni aun en Camagüey, ni siquiera en la capital de Oriente, es lo que da un sabor romántico a Trinidad. Y no es, sin embargo, lo que más aprecio conquista. Recuerdo una casa erguida señeramente en la esquina de Media Luna y Santa Ana. Casa de balcón a la calle, con paredes centenarias y salientes aleros de tajas, era una estampa maravillosa. Pasó inadvertida, sin embargo, al hombre amigo -de cultura y amor por Trinidad indudables-, que se había brindado a servirme de cicerone, Pasábamos ya de largo, para salir de la población en busca del panorama rural. Y mi amigo no puso atención en aquella casa. Ni un comentario, ni una mirada hubo de dedicarle. Fue menester una invitación del chofer para que, descendiendo del auto, la admirásemos. Y hubiera sido, en verdad, pecado imperdonable no haberla visto. Parecía antigua de siglos, tan antigua, que ya los años la investían de majestad prócera, que no es majestad de lujo, ni para advenedizo. Era cual si estuviese envuelta en el tiempo como en un pesado manto de emperatriz. No era posible señalar su edad, ni siquiera cometer el sacrilegio de intentar averiguarla. Había ganado ya el instante en que la cronología no cuenta, porque ha sido superada; el instante en que lo mismo son diez años o cien años que mil milenios. No cabía ante ella la irreverente ciencia del erudito, ni la curiosidad frívola del turista, sino un silencio respetuoso. Y yo, durante largo rato permanecí mudo. Mudo y traspasado por una emoción inefable, que ya otra vez -una sola vez- había sentido.


“Era en el alba de mi distante mocedad. Y era un deseo ardiente y hondo de conocer y admirar de cerca a Doña Aurelia Castillo de González, que ya no aparecía sino en raras ocasiones ante el público. No desconfiaba yo, empero, de saludarla algún día personalmente. Y, al cabo, se presentó la esperada oportunidad. Sería el conocimiento durante una fiesta intelectual, a la que Doña Aurelia haría el don de su presencia. Durante muchas horas goce, creándolo con anticipación, el deleite del encuentro. Y en noches de insomnio imagine la forma en que habría de realizarse. Escribí, para después recitarlas de memoria, unas frases de fervoroso elogio. Y llegó, finalmente, el día que yo anhelaba. Muy temprano, más temprano quizá que ningún otro invitado, estuve en el lugar de la velada, para escoger un sitio próximo a la puerta, porque quería ser de los primeros en saludar a la anciana ilustre. Y llegó Doña Aurelia... Alta, erguida aún, sosteniendo el peso de sus setenta y cinco años como una reina el de su corona. Vestía de negro, con sobria elegancia, y la negrura del traje hacía resaltar el impoluto blancor de sus cabellos. Nunca vi más noble, más dulce, más venerable figura de abuela. Avanzó lentamente, pasito a pasito, con la frente alta y su brazo apoyado en la devoción de un brazo amigo. Me pareció que su presencia llenaba, hasta en sus más distantes rincones, toda la dimensión de la sala. Y cuando Doña Aurelia cruzó frente a mí, olvide las frases aprendidas y me quedé en silencio, porque mi silencio era el más alto, el único homenaje condigno que podía ofrecerle.”


II

“Las viejas casas de Trinidad habrán desaparecido antes de mucho tiempo. Dentro de quince, veinte, cincuenta años -minutos en la vida de un pueblo-, no será posible contemplar tales reminiscencias del pretérito, que constituyen páginas de singular belleza en nuestra historia. Incluso ahora, ya no es la ciudad -dicen melancólicamente los propios trinitarios- lo que era hace veinte años. Numerosos edificios centenarios han sucumbido bajo la piqueta demoledora. Otros, rendidos por la edad, van deshaciéndose paulatinamente, como leprosos incurables que poco a poco pierden sus miembros putrefactos. El tiempo y el comején consuman impunemente su labor destructora. Y Trinidad, empobrecida por una larga racha de mala suerte, presencia impotente el desmoronamiento de su arquitectura colonial. Una ventana que se rompe es, al cabo, sustituida por un cartón innoble. Una puerta que se desgozna es zurcida con un revoltijo de alambre. La cornisa que se desprende, caída se queda; nadie se para a reponerla, y su ausencia deja en el edificio, a la manera de repelente llaga, un hueco oscuro.


“Así está la casa del Barón de Humbolt, que los cubanos todos debieran reverenciar. Y así, aquella -casita modesta, patinada de melancolía- donde acaso descansó Plácido alguna vez. Y la otra, de donde salió quizá, para inmolarse a la revolución, un prócer trinitario. Así están muchas, innumerables casas. Ladrillos puestos al desnudo por las desgarraduras del revoque. Barandas sin balaustres, como dentaduras estropeadas. Ventanas sin puertas, puertas sin bisagras, aleros caídos, techos con averías, columnas dañadas. Y en medio de tanta miseria, la angustia del hombre, el dolor vivo, profundo, de ser espectador de un maleficio irremediable...


“Acaso mis palabras, anticipado miserere, parezcan demasiado pesimistas. Y, sin embargo, no son sino el eco de una lamentación, dicha, con un latido de llanto en la voz, por un trinitario:


“-Ya Trinidad no es lo que era hace veinte años.


“Lamentación que, en el transcurso del tiempo, habrá de repetir otro hijo de la ciudad, con más recóndita amargura, con más lancinante desolación:


“-Ya Trinidad no es Trinidad.”



Casas ennergrecidas de senectud sumergen en densa atmósfera de encanto a la ciudad. En Encanto de las Casas Viejas, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.




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Última Revisión: 1 de Enero del 2005
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