Guije.com «Días de Trinidad» en Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba

Trinidad, Las Villas, Cuba


Trinidad
Topografía
Links y más
Bibliografía
Días de Trinidad




Guije.com

Cosas de mi Tierra
Cocina Cubana
Libros de Cuba
Revistas de Cuba
Biografías Cubanas
Templos Religiosos
Tarjetas Postales
Postalitas Cubanas
Filatelia Cubana
Cuentos de Antaño
Fotos de Cuba
Links
Literatura Cubana




Ciudades, Pueblos y Lugares



Provincias de Cuba

Pinar del Río
La Habana
Matanzas
Las Villas
Camagüey
Oriente




Municipios de Cuba



Las Villas
Municipios


Abreus
Aguada de Pasajeros
Cabaiguán
Caibarién
Calabazar de Sagua
Camajuaní
Cienfuegos
Cifuentes
Corralillo
Cruces
Encrucijada
Esperanza
Fomento
Palmira
Placetas
Quemado de Güines
Rancho Veloz
Ranchuelo
Rodas
Sagua la Grande
San Antonio de las Vueltas
San Diego del Valle
San Fernando de Camarones
San Juan de los Remedios
San Juan de los Yeras
Sancti Spíritus
Santa Clara
Santa Isabel de las Lajas
Santo Domingo
Trinidad
Yaguajay
Zulueta




Trinidad
Topografía
Links y más
Bibliografía




Días de Trinidad
Justificación
La Ruta de Trinidad
La Ciudad Legendaria
Palacio de Borrell
Madre Desolada
Casas Viejas
Jueves Santo
Apuntes Dispersos
Panorama Rural
Puesta de Sol en Casilda
La Carretera de Collantes
Sanatorio Antituberculoso



El Municipio de Trinidad
“Días de Trinidad”
“La Ciudad Legendaria”
Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba

“La Ciudad Legendaria” por A. J. Jerez Villarreal en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939.



Un aspecto de la parte antigua de Trinidad, en los alrededores del Parque Martí. En Ciudad Legendaria, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.


La Ciudad Legendaria

“El contacto inicial con Trinidad, bajo el caliente sol de la mañana, me produce una vaga desilusión. No era este, no, el espectáculo que yo había imaginado. Tengo ante los ojos unas paredes antipáticas, teñidas con un desagradable jugo de tortilla; un kilómetro de solares yermos, y unos edificios ingratos, totalmente desprovistos de gracia y elegancia. El viento me arroja al rostro puñados de polvo rojizo. Y los autos, que se alejan de la estación del ferrocarril, adonde fueron en busca de clientes, llenan el aire de gruñidos de claxons y de olor a nafta quemada. El conjunto, en resumen, le presta a Trinidad un aire de familia con todas las ciudades de segundo orden. Y no valía la pena, ciertamente, realizar un viaje para constatarlo.

“Poco a poco, empero, tal impresión se va modificando. Y, apenas recalo en el corazón de la ciudad, unos metros después del Parque de Céspedes, comienzo a sentir, como un filtro de embrujamiento, su belleza insinuante. Es que, a partir de ahí, empieza a imponer su prestigio la ciudad antigua, cuyo signo primero son las calles.

“Antiquísimas, dos o tres veces centenarias acaso, sus calles otorgan a Trinidad un sello inconfundible. Son fuentes de evocaciones. Y al pensar que sobre ellas rechinaron los pesados borceguíes de los conquistadores, un sentimiento indefinible -acaso un vago desdén por la transitoriedad del hombre- embarga mi espíritu. Pavimentadas con piedras desnudas, son casi una labor de orfebrería y, a la par, un galardón de la paciencia humana. Construidas por esclavos y carne de presidio, en días sosegados, cuando el reloj no era apenas sino un adorno, han resistido indemnes el roce de los años, la ligereza de las volantas, el peso de las antiguas carretas de carga y el frote continuo del neumático moderno. Pulidas y repulidas por millares y millares de pisadas, han acabado, no obstante su constitución caliza, por asumir la apariencia de “chinas pelonas”. Y esto, mejor que nada, proclama su ancianidad venerable.

“A uno y otro lado de las calles, haciendo juego con ellas, se alzan de trecho en trecho nobles supervivientes de la arquitectura setecientista. Grandes casonas señoriales, de fachada escueta y sin portal, con puntales altísimos, como para albergar gigantes, y desahogados corredores interiores. Grandes casonas que, como jalones irrefutables, marcan los períodos de esplendor o decadencia de la población. Porque Trinidad, a la manera de un jugador de fortuna incierta, ha tenido ciclos de abundancia extraordinaria y ciclos de extremada penuria. Fundada en 1514, “en un asiento muy bueno para crianza de ganado”, debió su crecimiento, más que nada, a la tentación del oro que, sin razón, se sospechaba en sus montañas. Mas, bruscamente, su desenvolvimiento cesó. La expedición a México de Hernán Cortés, primero, y la que, para castigar al subalterno rebelado, organizó Velázquez después, la dejaron casi despoblada. La ciudad, sumida en un letargo de pobreza, vegetó durante largo tiempo: hasta los albores del siglo diez y ocho, en que el azúcar y la ganadería hicieron fluir hacia ella ríos de metal acuñado. Cuarenta y seis ingenios ordeñaron, por esa época, la fertilidad de la comarca. Y pues que Trinidad permanecía incomunicada, sin otro nexo con el exterior que la vía marítima; y pues que sus moradores, además de saber vivir, eran vanidosos, el oro, transformado en madera y piedra, se concretó en soberbios edificios.

“Pero la visión cabal de Trinidad, la que perdura y empalidece el resto, la que ofrece el ser verdadero, profundo de la ciudad, se obtiene en la “Parte Alta”, donde reside su encanto máximo. Declarado monumento nacional, ese barrio debiera ser intocable, para que ni la ambición cicatera ni la fatuidad advenediza continuara manchándolo, deformándolo, destruyéndolo. Y podría evitarse así que un cretino cualquiera, rendido a la codicia, cambiase en los techos, por vulgares planchas de zinc, esas viejas, bellísimas tejas criollas que los potentados de Miami pagan a peso de oro.

“Contemplada desde aquí, la parte baja de la ciudad resulta pesada y plebeya. Y en torno mío, en cambio, todo parece prestigiado por una aureola de leyenda. He ahí “La Placita”, donde, por órdenes de Velázquez, fue trazada la primitiva Plaza de Armas, y donde Hernán Cortés hizo descansar a sus mesnadas homéricas, antes de partir a la conquista de México. Y un poco más allá, el sitio en que los conquistadores, puestos de hinojos, escucharon la primera misa. Y en todas partes, rezagos de una edad heroica o vestigios de una generación de varones magníficos. Chozas con esqueleto de palo y carne de barro: vacilantes pininos de la arquitectura colonial; palacios de majestuosos arcos, con puertas monumentales, plagadas de gruesos clavos; curiosos balcones de madera, labrados por un artífice sinónimo; hermosas persianas carcomidas por la intemperie, que nadie se ocupa de reparar; ventrudas ventanas, con balaústres torneados a mano, que en ninguna otra parte existen; todo aquí tiene un aura de poesía, todo sugiere una leyenda, todo propicia una evocación.

“Ahora sí tengo, ya para siempre, a Trinidad en el recuerdo. Ahora sí la ciudad legendaria, acurrucada al amparo de sus lomas, semeja una criolla antigua que, en un momento de nostalgia, rememora su esplendor pretérito. O, más bien, un navío que, hastiado ya de aventuras, largó sus anclas en una rada de silencio, para dormirse en un dilatado sueño de paz. De una u otra manera, su hechizo es, entre nosotros, único, Ninguna ciudad de Cuba la supera, ninguna la iguala. Otras serán más ricas o más modernas. Otras tendrán a orgullo su industria o su comercio. Pero ninguna posee, como ella, ese encanto arcaico, insinuante y sereno, que la hace hermana -una hermana menor- de Tasco, el más gallardo florón colonial de México.

“Conocer a Trinidad es amarla. Y, además, sentirse inmerso en una atmósfera de ensueño. Una atmósfera en que todas las tradiciones hallan vigencia, todas las aventuras, aún las más asombrosas, parecen posibles, y todas las hazañas, fáciles. Los años han dado a sus edificios una pátina de melancolía. La vetustez la satura de misterio. Y este misterio y aquella melancolía turban, en ocasiones, el ánimo del forastero. Las callejuelas sin ruido se pueblan de recuerdos, que son fantasmas, y un hálito sobrenatural lo penetra todo. ¡Cuán lejos de la vida inmediata y real se siente uno! ¡Cómo hiere de expectación esta ciudad, superviviente de una edad de hierro, que permanece como testigo de empresas heroicas! Por ello, cosas que harían reír en otra parte, aquí me erizan de inquietud. Pasa, distante, un hombre, a la indecisa luz del crepúsculo, y me quedo sobresaltado, casi temeroso. ¿No será el espectro de Diego de Velázquez, que aun clama, sin paz en el sepulcro, contra la perfidia de Hernán Cortés...? ¿O la sombra del Conquistador de México que, arrepentido, viene a llorar por la ventura que no encontró en la gloria ...? ¿O el espíritu errante del Padre Las Casas, que aún deplora, con su llanto sin lágrimas, con su protesta sin voz, la destrucción de los indios...?

“Y aquella expectación, y esa medrosidad, y estas interrogaciones que se dirían de un vesánico, resultan válidas en Trinidad, donde parece que aun vive el pasado, porque el tiempo se ha quedado dormido en las calles solitarias, en la penumbra de los rincones, en los grandes palacios silenciosos...”





| Días de Trinidad | Ciudad de Trinidad | Municipio de Trinidad |
| Municipios de Las Villas | Provincia de Las Villas |
| Los Municipios de Cuba | Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba |
| Guije.com |



Gracias por visitarnos


Última Revisión: 1 de Enero del 2005
Todos los Derechos Reservados

Copyright © 2003-2005 by Mariano Jimenez II and Mariano G. Jiménez and its licensors
All rights reserved