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“La Carretera de Collantes” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939.



El valle Valdespín, junto a la Loma de la Jutía, visto desde la carretera. En Carretera de Topes de Collantes, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.


“La Carretera de Collantes”

I

“Se pronuncia, se repite, suena sin interrupción un nombre en Trinidad. Topes de Calientes, Topes de Collantes. Topes de Calientes. Y el nombre eufónico se abre, resplandece, ondea como la sombra de un ala protectora sobre la somnolencia de la ciudad vetusta. Lo reza la gente con entusiasmo gozoso, con un júbilo de epifanía, y las palabras, cálidas y fervorosas, adquieren sonoridad inesperada, vibran dinámicas y parecen hechas de carne sensible. Palabras de carne; palabras con sangre y músculos, palpitantes de vitalidad; palabras antiguas, herrumbrosas de años, que, de repente, resultan inéditas: estrenadas para ofrecer desnudos el gozo y la esperanza de Trinidad.


“¡Y cuánta razón para esta esperanza y aquel gozo! Porque Trinidad -Lázaro de cemento y madera, de ladrillo y de hierro- tiene en Topes de Collantes su palabra de resurrección. La diferencia reside en que el héroe bíblico, tendido ya en su sepulcro, gozó la gracia del milagro sin haberla presentido: no sufrió la dramática angustia de la espera. Y Trinidad, en cambio, con fuerzas aún para sentirse morir, era actora y espectadora de su propio aniquilamiento. Tal es la clave de su gratitud emocionada; el secreto de su júbilo recóndito. Júbilo inefable de agonizante que, por súbito ensalmo, se encuentra a salvo de la muerte. Gratitud inexpresable de quien, a punto ya de ahogarse, siente una cuerda salvadora entre sus manos crispadas. No es menester sino una breve estancia en Trinidad -estancia de amor, con anhelo de comprensión- para identificarse con la justicia y la nobleza de su actitud. Condenada por un sino inexorable, desfallecía en una muerte lenta, una muerte por inacción, que el recuerdo de su pasado esplendor hacía más dolorosa. ¡Y sin tener siquiera el aliento de una esperanza! Huérfana de industrias, con su agricultura en ruinas, ausente toda posibilidad de comercio, ¿de dónde, por dónde habría de llegarle un anuncio de salvación? Veía en torno suyo cerrados todos los caminos. Y alguna vez el silencio de sus calles debió anticiparle la desolación de un De Profundis.


“Pero, he aquí que, un día, inesperadamente, se empieza a edificar en Topes de Callantes un sanatorio antituberculoso. Es el alba de la resurrección, una promesa de salud. Y Trinidad siente que la sacude, hasta el hondón de sus entrañas, un ímpetu de vida renovada.


“¡Buen augurio para un sanatorio de hombres que, al iniciar su destino, comienza por curar a un pueblo!


II

“Gozo y gratitud se transparentan en los hombres de Trinidad, cuando hablan de la carretera de Topes de Calientes, Y entre la gratitud y el gozo, la claridad viva de un amor que se nutre de admiración y vanidad.


“Habla un forastero de la carretera de Puerto Boniato. Encarece sus méritos; la reputa excelente obra de ingeniería. Y el trinitario, hombre educado y cortés, que ha escuchado en silencio, atentamente, sus palabras, sólo formula una frase:


“-Es mejor la carretera de Topes de Collantes.


“El forastero llega a sentirse molesto, casi ofendido por tal actitud, que, en razón de provinciana, le suena a filisteísmo. Y entonces elogia, obstinado, el valle de Viñales; el valle del Yumurí. Pronuncia un extenso discurso en el que acaso se advierte un latido de irritación. Y, al cabo, tiene la impresión de que, ilusamente, ha pretendido derribar con los puños una montaña. Sus frases no han hecho mella, ni arañado siquiera la vanidad del trinitario que, después de oírlo, se encoge de hombros y contesta:


“-Los paisajes de aquí son más hermosos. ¡Usted no ha estado en Topes de Collantes!


“Un sentimiento así parece excesivo. Y no lo es, sin embargo. Después que la conoce, el forastero justifica la vanidad y la admiración que la carretera de Topes de Collantes mantiene alerta en los hombres de Trinidad.


“Tal me aconteció a mí.



Bordeando lomas, arillando derriscaderos, la carretera vence a la naturaleza. En Carretera de Topes de Collantes, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.

III

“El auto, después de transponer los límites urbanos de la ciudad, enfila la carretera de Collantes, y, como en una alegría de liberación, inicia una carrera vertiginosa. Las antiquísimas calles de Trinidad, con su pavimento de piedras desnudas, lo condenan, implacables, a un pausado caminar de anciano. Jamás le es dable utilizar la plenitud de sus fuerzas. Y, por ello, nunca siente la excitación del radiador humeante: imagen de la nariz de un "pur sang" enardecido; ni la emoción de los cilindros recalentados, ni el sobresalto violento del "patinazo", que anticipa la opresora angustia del accidente. ¡Qué terrible dolor ha de sentir su corazón de acero: no hacer sino treinta, veinte, quince kilómetros, aunque haya potencia para cien! Más, he aquí que, de súbito, le deparan un paraíso de auto: pista como un espejo, sin baches ni piedras que sobresalgan. Y, animado bruscamente por un instinto de potro, quiere embriagarse de velocidad. Su ímpetu, sin embargo, tiene escasa duración: apenas ha devorado unos cuantos kilómetros, aminora la marcha... Es que la carretera, -sierpe que oprime pechos de giganta-, comienza, entre rodeos y virajes, la conquista de las lomas.


“Tiendo la mirada hacia la izquierda. Y veo, en profusa teoría, una sucesión de cepos diminutos, que, cual una pelambre rubia, descolorida, muestran su vegetación rala y reseca. La lluvia, lenta pero incansable enemiga en una lucha de siglos, los ha empobrecido, depauperado, al despojarlos de su piel de humus. Son, conjuntamente con las hierbas humildes, los proletarios del paisaje: sus carnes heridas, destrozadas, transformadas en polvo, sostienen el lujo vegetal de las hondonadas. Y, sin embargo, resultan bellos estos alcores. Redondos, de líneas puras y netas, se dirían tocados de gracia femenina. Y llevan a evocar, irremediablemente, la tibia suavidad de un seno de muchacha. Algunos, empero, molestan con una visión desagradable. Víctimas de infernal azote, muestran sobre el flanco oscuras oquedades, tumores de sombra, cicatrices irregulares, que les prestan la repugnancia de un cuerpo leproso. Este ofrece la apariencia de una descomunal muela cariada: y aquél, la de una mama tumefacta, roída por un cáncer. Pero de inmediato borran la ingrata impresión vistosas cañadas, que, de trecho en trecho, semejan pavos enfatuados por su cola de palmas. Capitalistas avaros, parásitos de las cumbres, se han enriquecido con la tierra vegetal que la lluvia arranca, erosionándolos, de los collados. Y, gracias a ello, se ufanan con el verdor de una vegetación opima.


“Por la derecha, a la altura de la ventanilla del auto, exhibe la montaña sus entrañas de piedra. Piedras grises, de constitución caliza, pizarrosa: de aspecto quebradizo, con sucesivas capas superpuestas, como las láminas de un pastel de hojaldre: un pastel horneado por los siglos, que, al cabo, la dinamito se ha servido a discreción. Piedras venerables, acariciados por no se sabe cuántos milenios, que datan quizá de la época paleozoica y son, entre las de su clase, las más antiguas de Cuba. Admiradoras del cielo, amigas de la luz, amantes del viento cuando casi toda la isla permanecía debajo del agua, las montañas de Trinidad ostentan una proceridad de abuelas. Y al verlas ahora, con las entrañas grises puestas al desnudo por los hombres, siento el escalofrío de una emoción indefinible.



La Curva del Muerto, cuyo nombre asusta al forastero. En Carretera de Topes de Collantes, Días de Trinidad por Enrique Serpa editado en 1939.

IV

“El ambiente, a medida que progresa la ascensión del auto, varía notablemente. Van desfilando con lentitud, en ritmo inverso, trozos de soledad y de paisaje. Sopla tímidamente un aire jovial, que pone estremecimientos de carne sensual en los árboles. La temperatura, muy fresca, casi fría, resulta un puro deleite. No es ya la atmósfera tibia de Trinidad, que si antes, -el compararla con el calor tórrido de La Habana-, parecía agradable, ahora sugiere en el recuerdo la impresión atroz de un agua densa de grasa. Y al par que la temperatura se ha trasmutado el paisaje. Las entrañas pétreas de la montaña no ostentan la anterior monocromía plúmbea, como una sinfonía en gris mayor, sino que la descomponen y multiplican en variados matices. Y, además, se ofrecen entreveradas de tonos imprevistos. Junto al gris-oscuro, burda imitación del áspero pellejo de un elefante, se advierte la discreción del gris-crucero y la aristocrática delicadeza del gris-plata. Y casi a la vera de irregular línea marrón, separada por una ancha mezcla de vino y aceite, luce su gravedad de herrumbre una larga vota de ocre.


“La vegetación, parejamente, se ha modificado. Al tinte pajizo, anémico, de los alcores, ha sucedido la estimulante frescura del verde. Y se ha modificado, sobre todo, la carretera -gran victoria de la ingeniería militar; orgullo, verdaderamente, de la ingeniería cubana-, que ya justifica la vanidad de los trinitarios. Sus recodos se hacen más violentos; más peligrosas sus curvas. Y se empieza a sentir, en la garganta oprimida y en el estómago, bruscamente desplazado, la sobresaltada emoción del riesgo. Bordea el auto, frecuentemente, escarpados derriscaderos, que, a pocos pasos, casi cortados a pico, simulan fauces de monstruos, bocas voraces, prontas a engullir de un bocado cualquier presa. Se las mira, y la imaginación, excitada, se desbrida. Una dificultad en la dirección, un resbalón de las ruedas o, simplemente, un relámpago de duda en el dominio del timón, y la máquina destrozada, acabaría en el fondo del abismo. De ahí que, al orillar los precipicios, el auto remede la actitud de un animal cauteloso. Se acerca con la calma del recelo, asoma la nariz y, súbito, como si reculara en la convulsión de un susto, gira a medias sobre sí mismo y suavemente, con tal lentitud que se oye el ruido de la gravilla rozada por los neumáticos, se traga la curva.


“Transcurre un rato. Continúa el pausado desfile de las cañadas, con su verdor exuberante; de las colinas, de las lomas, que son, cada vez, más empinadas. Acude a mi memoria, caliente de simpatía, el recuerdo de Samuel Hazard, panegirista apasionado de Trinidad. Me acuerdo, principalmente, de su nostalgia por no haber escalado la Sierra. La máquina, al cabo, se detiene en La Vigía de Collantes. Y oigo la voz del chofer que, solicito, me invita a desmontar, para que contemple el paisaje.


“El panorama que se abre ante mis ojos resulta, en realidad, indescriptible. Tanta es su majestad, tal su grandeza que, por contraste, pienso en la insignificancia del hombre. Y me advierto fuera de lugar, casi incómodo, con una sensación de cosa postiza. Existen paisajes -auténticos "estados de alma" en que el espectador, uno con la naturaleza, se siente parte integrante del todo. Aquí, no. Aquí se sabe uno excluido, descartado. El espectador no es sino espectador. Y cuando más, un punto de referencia para verificar la insignificancia del hombre frente a la infinita grandeza cósmica. La mañana, refulgente y pura, es de una limpidez perfecta. Apenas si algunos celajes, de una blancura de nieve, alteran la uniformidad de un azul desvanecido, finamente entonado, que es la coloración del cielo. Todavía la luz del sol no tiene la crudeza que opaca los contornos de las cosas. Y bajo su radiosa transparencia, el paisaje, tal un hermoso cuerpo desnudo, se ofrece pleno de vida y color, expresivo, en una fiesta maravillosa para las pupilas deslumbradas. Más allá de las estribaciones de la Sierra, que destacan su tono de paja, el terreno plano, de un color casi parejo, se despliega hasta los confines terrestres cual un tapiz, un amplio y mullido tapiz en verde. Trinidad no es, en la distancia, sino una profusa combinación de colores, en que predominan los matices oscuros, blancos y ocres. Los tejados, apenas perceptibles; más que vistos, adivinados, son una multitud de líneas armónicas, que corren paralelas, unas sobre otras, o se cortan entre si, diagonalmente, para formar caprichosos ángulos, o se levantan perpendiculares. Y el conjunto se diría un rompecabezas que, cansado ya de jugar, un chico abandonó sobre un tapete. El puerto de Casilda, en marcado como en un gesto de ternura por dos brazos verdioscuros, da la sensación de una esmeralda líquida. El agua del Golfo, inmóvil, ha tomado, en cambio, la coloración desvaída del ajenjo. Y la desembocadura del Guaurabo es una mancha de azul pastel.


“Se llena el paisaje, de súbito, con la respiración isócrona de un motor. Es un camión de doce toneladas que, cargado de materiales para el sanatorio, me atrae a la realidad. Tomo de nuevo el auto. Y rodando lentamente llegamos a la Curva del Muerto, cuyo nombre, previamente anunciado, me crispa en una sombra de sobresalto. Se ve, a centenares de metros por debajo del auto, la continuación de la carretera que, para vencer a la naturaleza en una batalla ciclópea, ha tenido que hacer una espiral en torno a la montaña. El recodo, estrechamente ceñido al monte, no deja ver su salida. Y aquí sería mortal un choque. Por ello, la máquina penetra en la curva con vigilante prudencia, entre berridos de clason, que semejan los gritos de una res herida.


“Ya estamos en lo alto de la Sierra, respirando aire de cumbre. Y, a partir de aquí, la vegetación, ubérrima desde hace rato, se torna orgiástica. La piedra se oculta bajo un estrato de arcilla roja que, a su vez, sirve de baso a una gruesa capa de tierra vegetal. El humus, acumulado durante siglos y siglos, protegido contra las depredaciones de la lluvia por una red de verdura y raíces, otorga al terreno una fertilidad que pasma. La simiente que cae al suelo, germina irremisiblemente. Se alzan junto a la carretera mangos de gran corpulencia, que se desgajan bajo la muchedumbres de sus pequeños frutos en agraz. Palmas que la generosidad de un aguacero reciente ha enjoyado de primavera. Alguna bayúa joven, de cuerpo espinoso. Pomarrosas de amplio follaje, con hojas de un verde brillante, que parecen barnizadas; con flores de un blanco sucio, cuyos pétalos filiformes les dan aspecto de diminutos farolillos chinescos. Y detrás de la fila de árboles familiares, el monte virgen, la tierra inhollada, rica en maderas preciosas: en caobas de diámetro enorme, en majaguas añosas, en cedros olorosos.


“Hacia la izquierda, el monte ha sufrido ya la tiranía del hombre. Se ve un cafetal, abandonado ahora, que constituyó el orgullo de Vega Alta. El auto penetra en una ancha explanada, al final de la cual, cortando el camino, se levanta el Cerro de Itabo. Lo bordea, toma una curva, se endereza... Y bruscamente, con un impulso de resorte, surge en la perspectiva, cubriéndola toda, la enorme, la fantástica estructura del Sanatorio Antituberculoso, monstruoso esqueleto de un mamut milenario, costillaje de un paleoterio que, de pronto, parece aplastarme con su magnitud.”



Vistas del Sanatorio Nacional para Tuberculosos, en Las Villas en las Tarjetas Postales





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Última Revisión: 1 de Enero del 2005
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