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El Municipio de Trinidad |
| “Días de Trinidad” |
| “Jueves Santo” |
| Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba |
“Jueves Santo” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939. |
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“Jueves Santo” |
I |
“Jueves Santo... Trinidad -bajo un cielo cándidamente azul, inefable como ciertas estampas de la Biblia- se emboza, al amanecer, en impalpables gasas de melancolía. Canta un gallo en la vecindad. Y, al contrastar con el silencio unánime, la aspereza de su "quiquiriquí" se convierte en escándalo. Cruza un caballo de lento andar por la calle desierta. El choque de sus cascos férreos contra las piedras desnudas despierta un eco de latoso en el corazón excitado, que parece -trémulo y anhelante- padecer en carne viva. Y hasta el monótono reclamo de una guinea y hasta el "pío-pío" de los gorriones madrugadores disuena en el amanecer del Jueves Santo, que se quisiera grave y patético, sumido en un silencio hondo, tan sensible, que ni siquiera pudiera soportar la furtiva canción de un pájaro. |
“Rompe bruscamente la quietud mañanera un estrépito de badajos. Saltan al espacio los repiques de las campanas de la iglesia de la Santísima Trinidad. Y de inmediato, a manera de sombras sonoras, se oyen los de un templo distante. La voz del bronce desfleca el aire estancado, se estira y se arrastra por las calles estrechas, asciende hacia el pálido azul del cielo y acaba por perderse entre las lomas que, coronadas de neblina, velan junto a la ciudad. |
“Se abren y se cierran calladamente multitud de puertas, para dar paso a la devoción desvelada. Y modestamente, a pasos breves, con pies tardos que, como asustados de sus propias pisadas, avanzan deslizándose, se dirigen las mujeres hacia la Casa del Señor. Señoras entradas en años, vestidas de oscuro, con la frente recatada en la mantilla severa. Niñas con brumas de pereza en los ojos somnolientos. Muchachas que, con las pupilas en el suelo, semiesconden la frivolidad de la melena bajo un velo, albo en unas, fúnebre en otras, y que muestran en la mano, junto al rosario de cuentas sombrías, el devocionario de tapas lúgubres. |
“No importa ya que un poco más tarde, cuando los bronces hayan callado para dejar oír el opaco tabletear de las matracas, la ciudad ofrezca aspectos disímiles, totalmente contrarios a veces. No importa que durante el resto del día sus calles se pueblen con multitud de ruidos. No importa que en las esquinas se formen grupos de hombres inquietos que discuten temas políticos. No importa que los mercachifles ambulantes pregonen a voz en cuello la baratura de sus mercancías. No importa que los materialistas obstinados proclamen que "la religión es el opio de los pueblos". 0 afirmen que la religión es una industria que, para no trabajar, han inventado los sacerdotes. No importa que, a pocos pasos del templo, comerciantes improvisados, expendedores de refrescos y alcohol, hagan su agosto en Semana Santa. No importa que, en el seno de la misma procesión, una chica -estimando que vale más un hombre vivo que un dios muerto- excite, sonriente, el galanteo de un muchacho iconoclasta. Nada, nada de eso importa ya, porque Trinidad ha salvado su título de ciudad profundamente cristiana, la fama de su fervor y su tradición religiosa, gracias al desvelo de aquellas buenas beatas que -con la mantilla en la cabeza, el rosario en una mano y el espíritu encendido de unción- penetraron con el amanecer en la iglesia. |
II |
“No se concibe a Trinidad sino envuelta, como en espesa atmósfera de incienso en su tradición religiosa.
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“Ciudad devota, ciudad chapada de éxtasis, el amor a Cristo integraba antaño la médula de su propio ser. Y ese amor tomaba formas externas, con inusitada solemnidad, durante los días de la Semana Santa. "Toda la vida social -cuenta el doctor Emilio Sánchez en sus 'Tradiciones Trinitarias'-, quedaba paralizada y la ciudad adquiría un aspecto de sombría tristeza y un silencio profundo reinaba en ella. Se efectuaban varias procesiones en las cuales se sacaban distintas imágenes. |
"Las archicofradías que tenían a su cargo el cuidado de estas, atendían con interés y solicitud a su culto y conservación y se esmeraban en vestirlas con decencia y propiedad y las adornaban con exquisito gusto, invirtiendo en ellas no pocos dineros." |
“Tal información aún es válida hasta ciertos límites. Todavía se celebran solemnes procesiones, a las que concurren creyentes arribados de lugares remotos. Todavía las archicofradías velan con apasionado celo por las sacras imágenes que, pocos días antes de la Semana Santa, son sacadas del templo y entregadas a sus respectivas camareras, quienes las acicalan y adornan para la procesión. |
“Existe una, entre todas las imágenes, para la que guardan los trinitarios su devoción más acendrada: el Cristo de la Vera Cruz. Tallada en madera por un escultor desconocido, resulta, ciertamente, una obra de imponderable valor artístico, por la adecuada proporción de sus partes, por la fidelidad anatómica de sus músculos, de sus nervios, de sus venas; por la belleza de su aspecto en conjunto, y, sobre todo, por la expresión agónica de su rostro, por el rictus de sus labios, que delata el dolor terrible de un dios tan humano que, bajo la tortura de sus manos heridas, de sus pies clavados, de sus rodillas destrozadas, de su costado hendido; bajo el dolor, en fin, de todo su cuerpo supliciado, lanza angustiosamente el más tremendo de los gritos, el grito de una criatura que, desesperada, duda y se duele ante su creador: ¡Señor, Señor!, ¿por qué me abandonaste...? |
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III |
“La presencia del Cristo de la Vera Cruz en Trinidad tiene, para sus devotos, un origen de milagro. Don Antonio Topado, hijo preclaro de la ciudad, ha recogido la tradición en cuidada prosa. |
"Un día como éste -cuenta el ilustre prócer- nebuloso y triste, en que por todas partes se dejaban notar los efectos de furiosa tormenta, se presentó a la boca del río Guaurabo, que entonces servía de puerto a la ciudad, un gallardo velero que procedente de Barcelona y Nápoles, en viaje para Veracruz, tocaba de recalada para reparar las averías ocasionadas por el duro tiempo que le sorprendió a la entrada del golfo. Muchos fueron los daños sufridos en la carga y en la embarcación; por eso se vio precisado a vender parte de la primera y proceder al arreglo inmediato de la segunda, sin lo cual no podía continuar su interrumpido viaje. Prontamente descargó muchas de las mercancías que llevaban a bordo y entre ellas desembarco con gran cuidado una caja, que le fue entregada en Nápoles, entre grandes recomendaciones, para que no recibiera golpes. |
"Algunos días después, cuando ya había abonanzado el tiempo y estaban terminadas las reparaciones, una hermosísima mañana de aquel mes de octubre, salía a todo trapo, con rumbo a Veracruz, aquel ligero bergantín español que valientemente luchara días atrás con las olas del Atlántico y que en aquellos momentos era cariñosamente despedido por los vecinos de la boca del pío. |
"Pero cual no sería el asombro de aquellos sencillos habitantes, gentes de mar en su mayor parte, cuando al amanecer del día siguiente apareció de nuevo a la entrada del pío el barco que tan airosamente se hizo a la mar la noche anterior. Nadie podía suponer los motivos del inesperado regreso; pero resultaba un hecho cierto que allí a pocos nudos de la costa, frente el castillo que guarnece la entrada del Guaurabo, estaba el bergantín pidiendo práctico para entrar al muelle. Una vez en tierra, el capitán se apresuro a decir que volvía para recoger una caja que dejo olvidada y que le había sido entregada en Nápoles con gran recomendación de llevarla a Veracruz, y no quería volver a su puerto de origen sin cumplir el encargo. |
"La caja fue embarcada. El tiempo se mantuvo sereno. Pero el séptimo día, pudo observarse que allá en el horizonte un barco pedía socorro. Era, maltrecho, desmantelado, el bergantín español. Fue socorrido el barco, descargadas sus mercancías, y puesto nuevamente en disposición de navegar. |
"Prontamente -continúa don Antonio Torrado- reembarcó su reducido cargamento, y cuando solo faltaba colocar en el barco la extraña caja de las recomendaciones, al verla el capitán, repentinamente se despertó en su ánimo un sentimiento de represiva superstición y dominado por fanático terror se negó a recibirla a bordo. Y como por ningún motivo quiso modificar su resolución, determinó dejarla en tierra y para hacer la entrega en forma debida fue necesario abrirla y a ese fin se llamo a un notario, para que a presencia de la autoridad diera fe del acto. Fueron sacados uno a uno todos los clavos de la tapa y... ¡cuál no sería el asombro de los presentes al encontrar que la misteriosa caja contenía el cuerpo de Jesús Nazareno, enclavado en su cruz redentora, con el postro iluminado de inefable bondad y la mirada dirigida a la tierra, implorando del cielo perdón para nuestras faltas, remedios para nuestros males y consuelo para nuestras lágrimas! Todos los presentes doblaran las rodillas y postrados de hinojos oraron largo pato, y, obedeciendo a divina inspiración, acordaron no permitir que se llevaran de Trinidad aquella imagen que había dado pruebas tan evidentes de no querer salir de tan piadoso pueblo y permanecer papa siempre con sus cristianos moradores. El capitán se hizo cargo de gestionar en Veracruz lo necesario para satisfacer los deseos de los trinitarios; y por suscripción general se recaudo la cantidad necesaria para indemnizar a los propietarios y levantar en la Iglesia Mayor un sacrosanto altar donde consagrarlo al culto del público." |
IV |
“Siete y media de la noche. La Procesión del Calvario muestra en cabal plenitud el sentimiento religioso de Trinidad. El espectáculo, aún para quien ha llegado sin fe a presenciarlo, resulta impresionante. No es suficiente el templo para contener a la muchedumbre, que se desborda sobre el atrio, sobre el parque, sobre las calles adyacentes. Aparece la imagen del Cristo de la Vera Cruz, y hay un movimiento de mar en la ingente multitud. Los sayones, que visten largos hábitos morados, a la usanza antigua, portan las andas. Pero, apenas transponen los umbrales de la iglesia, se ven detenidos, asediados por una compacta muralla de fieles que, conmovidos, se disputan la gloria de cargar al Redentor. |
“Se alza la sagrada imagen sobre una gran base de plata, que, herida por la luz de los velones, despide pálidos reflejos. Nueve copas de plata cincelada sostienen ramos de easter lilies, de blancura nupcial, y cinco búcaros de cristal tallado contienen otros tantos bouquets de azucena. Los cirios, colocados en bellos candelabros de cera, alumbran los pies del Crucificado. Pero su resplandor alcanza apenas al rostro, que, en el claro-oscuro, adquiere una contagiosa y lancinante expresión de muerte. |
“Comienza a organizarse la procesión. Avanza primero una larga teoría de niños, mujeres y hombres, que portan llameantes cirios. Después, el Cristo de la Vera Cruz, seguido por otra doble fila de peregrinantes que, con sus velas encendidas, alumbran el paso del Señor. Viene a continuación, a una cuadra de distancia, la imagen de San Juan, que precede a la Dolorosa, bellamente instalado en un palio de flores, iluminado por guirnaldas eléctricas. Y, por último, una compacta muchedumbre que, paso a paso, a los acordes de una marcha religiosa, sigue humildemente las huellas del Pastor de Galilea. |
“En torno a la imagen del Mártir del Gólgota se ven rostros dramáticamente contraídos, ojos de fiebre y manos convulsas que, no pudiendo cargar las andas, se conforman con tocarlas. Muchas mujeres se ofrecen para soportar sobre sus hombros el peso divino. Y otras acercan a sus hijos, criaturas de brazos en ocasiones, para que palpen las maderas sagradas. Mujeres y hombres de todas las edades, muy viejos y muy jóvenes, y de todas las clases sociales, ricos y pobres, rivalizan en devoción. Perdidos los límites del propio espíritu en una suerte de embriaguez mística, se vuelcan en el espíritu de la congregación. Unos a otros se contagian de pasión religiosa y, al cabo, quedan todos inmersos en una atmósfera de misticismo, ante la cual se comprende el espíritu de sacrificio -la sonrisa en el tormento- de los cristianos primitivos. |
“Cuando la procesión llega a la denominada Casa de la Cruz, en la Calle del Cristo, se detiene unos instantes. Se oye una música suave de violines. Y un coro de voces femeninas pronuncia las patéticas voces de un miserere. En la calle mal alumbrada, junto a las paredes vetustas de casas centenarias, el canto de las plañideras es un represado grito de desesperación, un lamento doloroso que penetra en el ánimo, y lo conturba. |
“Y así, deteniéndose de trecho en trecho, para recordar el tránsito del Redentor en angustiados misereres, la procesión va dejando atrás los calles de Cristo, Boca y del Rosario, la de la Amargura y San Antonio, para llegar, finalmente, al simulado Monte Calvario, donde tres símbolos cristianos conmemoran sombriamente la consumación del crimen sin nombre.” |
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