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El Municipio de Trinidad |
| “Días de Trinidad” |
| “Panorama Rural” |
| Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba |
“Panorama Rural” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939. |
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“Panorama Rural” |
I |
“El caserío de La Popa -eslabón entre la ciudad y el campo; rápida, imperceptible transición del barullo citadino a la estancada quietud rural-, es una amarilla página de incunable. Aquí perduran aun edificios que, sin duda, son filiables entre los más vetustos de Trinidad. Chozas elementales, casi destartaladas ahora, construidas con troncos de madera dura, cujes flexibles y compactas pellas de barro, previamente amasadas, sobadas como carne de amor, por las manos solicitas de un hombre. O pequeñas casas de ladrillo, arena y cal, con los hierros de las ventanas herrumbrosos y, en el techo, un verdinegro musgo de moho. Algunas datan de no se sabe que tiempo: acaso de la época en que la ciudad incipiente comenzaba a engrosar, como la concha en un molusco, en torno a la Plaza de Armas y la iglesia primitiva. |
“El auto rueda sobre el último tramo empedrado: una calle bordeada de casuchas míseras, que sólo por milagro se mantienen de pie. Luego, de improviso, tuerce el rumbo. Y comienza lentamente, así un caracol perezoso, la ascensión de la loma que presta su nombre al caserío. Diez minutos después la máquina se detiene. |
“Cuando desciendo, un espectáculo de maravilla me deja absorto. Trinidad yace a mis pies, cual en una fantástica urna. El aire diáfano, de incomparable transparencia, se deja atravesar por la mirada, sin adulterar la visión. Se advierte a la distancia, por la derecha, el ancho puerto de Casilda, que semeja un estanque doméstico, un disciplinado lago artificial. El caserío apenas se distingue. Y sólo después de un esfuerzo de imaginación visual me arriesgo a identificar como casas las breves manchas que, en una sola línea, se perciben inmediatas al azul marino. Más cerca, en el centro, un recodo del río Guaurabo -cabujón incrustado en un paño de billar- destella al sol, entre un océano de verdura. Más allá, hasta donde alcanzan los ojos, el Golfo -plancha de porcelana bajo el cielo despejado- se abre serenamente, se amplía impasible, para confundirse, al cabo, con la curva del cielo. Y de pronto, hacia la derecha, en contraste violento con la llanura líquida, se alzan las estribaciones de la Sierra como una sucesión de olas verdes petrificadas. |
II |
“En lo alto de La Popa se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, con un tono de pintura que da grima. Pero, ¿qué no da grima en este ejemplo de fosca humildad, edificado en 1810...? |
“Su arquitectura mediocre, su estilo simple y adusto, su estructura demasiado modesta -de una modestia sin dignidad-, su pobreza lamentable, sus gélidas paredes: todo aquí es sinónimo de fealdad ingrata. No sería posible evocar ante esta iglesia a San Francisco de Asís, al buen Francisco de Asís, hermano del lobo y de la paloma, lámpara de sencillez, vaso de dulzura, que alcanzó por el camino del amor el reino de la humildad. Se piensa, por el contrario, en un profeta ríspido, de luenga melena hirsuta, gesticulante y de verbo restringido, envuelto en una raída piel de lobo. Nada en el exterior de esta iglesia incita a la devoción. Y apenas si las tres agudas torrecillas que rematan su fachada le dan un toque de espiritualidad. |
“Y el interior está en correspondencia con la fachada. Desde la puerta hasta el altar mayor se extiende un pasillo angosto, abierto entre dos hileras de bancos estrechos, duros, toscamente construidos, pintados a groseros brochazos. Verlos, simplemente ver esos bancos, ya constituye una penitencia, casi un tormento. Y por la sola intención de ocuparlos, los fieles habrán ganado días de indulgencia. |
“La pobreza más desolada, sin embargo, será menester buscarla en los altares, que son de una humildad que supera toda ponderación. Los decoran empolvadas flores de papel, confeccionadas con más fervor religioso que gusto artístico. Sus paños -esos paños de altar que en otros templos resplandecen con albura de hostia- lucen ajados, amarillentos de vejez. Y las imágenes... Las imágenes... |
“Precisa un esfuerzo de voluntad para concebir -viéndolas tan burdas, tan elementales- que representan cuerpos de santos. |
“La iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria no disfrutó jamás las épocas de esplendor de Trinidad. No da fe de ningún milagro. No recibió la dádiva de un cristiano rico. Es, entre todos los templos de la ciudad, el pariente menesteroso, mal vestido, con la barba sin afeitar, que nunca emerge de la cocina, que no asiste a las fiestas de la familia, ni es presentado a los amigos de la casa. Por ello permanece casi todo el tiempo cerrada: no se celebran misas aquí sino de tarde en tarde. Por ello se asfixia en una atmósfera turbia, enrarecida, deprimente, que me obliga a salir de prisa en procura de oxigeno. |
III |
“Después de La Popa: La Vigía... ¡Excelente táctica de los trinitarios, para intensificar gradualmente la admiración del forastero! |
“Más espigada, bastante más alta que su hermana menor, el espectáculo que me depara La Vigía supera, indiscutiblemente, al ofrecido por La Popa. El crepúsculo va cayendo poco a poco con desmayada dulzura. Y el paisaje, extenuado ya por la lujuria soler, se sumerge en una atmósfera lánguida, enervante; en una atmósfera de fatiga de amor. Todo resulta, de súbito, suavizado, cual si envolviese el contorno de las cosas una mansedumbre de terciopelo. El ocaso se diría teñido en una disolución de ámbar, ópalo y perla. Contra un fondo malva, de femenina delicadeza, se recortan, en algunos lugares, nubes de un gris azulado que parecen dibujadas con sombra de humo. Y en la lontananza, el agua se deshace en múltiples tonalidades, que recorren toda la gama del azul y del verde. |
“Reducen las pupilas su campo visual. Y ven entonces apretadas manchas de follaje, en que resaltan copas de algarrobo -encajes de un color ver de tierno-, y largas, temblorosas pencas de palma. El puente del río Táyaba, -anchurosa armazón de acero-, no es en el panorama sino un hilo blancuzco. Sopla un aire tenue, reconfortante. Y reina en torno una paz tan fina y pura, que al vuelo de un abejorro, al zumbido de un moscardón, se quebraría. El Guaurabo desenvuelve entre un macizo de verdura su corriente en zig-zag, cual un manso majá de azogue, para, finalmente, verter en el mar su buchada de agua dulce. |
“Y hacia el otro lado: la grandiosa visión de la Siena, que hunde su cumbre más alta, el Pico de Potrerillo, en el seno de nácar de una nube. La tiniebla y la luz, -monstruos voraces, inflexibles, de los cuales uno acabará con el otro-, comienzan a disputarse el dominio de la cordillera, y concluyen por hacerla a modo de un espejo que multiplica, hasta el horizonte, la imagen de la hipocresía. Cada monte es la petrificación de un rostro falaz. Por una parte. -la del poniente-, se ilumina bajo el oro de los postreros resplandores diurnos. Y en la vertiente contraria, -la del orto-, atesora ya grandes, quietos islotes de sombra, cual otros tantos pagarés de la noche. |
“Se ven desperdigadas en la campiña, a semejanza de recentales extraviados, algunas construcciones solitarias. Y resalta en mitad de la Sierra, cual un trazo de ceniza, la ondulada carretera de Collantes, tenaz en la conquista de la cumbre cual un esfuerzo que elabora su propio destino.” |
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