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“La Ruta de Trinidad” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939.



“La Ruta de Trinidad”

I

“El ferrocarril constituye todavía, para el contemplativo sin prisa, un medio excelente de locomoción. Algo más cómodo que el auto, menos peligroso que el ómnibus interprovincial, no es -como el avión- un devorador de distancias que destruye el paisaje, al convertirlo, -a partir de los tres mil pies de altura- en un plano mudo, de colores monótonos.

“Y si el término de la jornada es Trinidad, el ferrocarril resulta, en realidad, imponderable. Porque entonces el viaje -cuatrocientos diez kilómetros desde La Habana- no es sino un sueño. Y no un sueño en sentido metafórico, sino en la acepción plena, cabal, del vocablo. Tomado el tren en la Estación Terminal, a las diez y cuarenta y cinco de la noche, se encuentra el viajero quince minutos después instalado en su litera. Y un rato más tarde, -el sueño es la anulación del tiempo-, percibe la voz del camarero que, para no molestar a los demás clientes del pullman, anuncia apagadamente la cercanía de Cumbre... Son las seis y media de la mañana.”


II

“Cumbre, mísero paradero en que se realiza el cambio de trenes, simula un enjambre alborotado. La proximidad de la Semana Santa, que Trinidad conmemora con inusitada solemnidad, es, para mucha gente, una invitación al viaje: tentación difícil de resistir. Los viajeros corren, tropiezan, se unen, se apretujan y abarrotan el gas-car, que resulta pequeño, con sus dos vagones cotidianos, para darles cómoda cabida. Se escuchan protestas, risas ahogadas, sonoras interjecciones y golpes de bultos arrojados en el departamento destinado a la carga. Y, en medio del barullo indescriptible, la voz cálida y urgente de un hombre que pregona El País. Alguien sugiere que el gas-car sea sustituido por un tren. La proposición gana rápidamente adeptos entusiastas y una comisión de hombres dinámicos emprende la búsqueda del jefe de Estación. El cambio, sin embargo, no es posible, porque sería menester pedirlo a Santa Clara. Y, finalmente, los que no encuentran asiento se resignan a viajar de pie.

“Llegan presurosas, hostigadas por el retraso, dos chicas de agradable apariencia. Parecen, risueñas y excitadas, dispuestas al viaje incómodo. Mas, como son jóvenes y bonitas, un viejo, levantándose, les ofrece con un ademán amplio su asiento. Es un hombre delgado, con la tez ajada y arrugas en las sienes. Vestido con cierta escandalosa elegancia juvenil, muestra, -blasón de su donjuanismo invernal- una cinta policroma en el sombrero. Tiene una verruga al sobre el lagrimal derecho. Y su mirada, que finge emboscarse en aquella trinchera de carne superflua, adquiere, de golpe, un brillo lúbrico, picaresco y desagradable.

“Los equipajes, fichas de clasificación social, han obstruido todos los espacios libres. Se destacan las maletas de lona, tipo de avión, de unos turistas americanos, junto a las valijas de un comisionista, confeccionadas en cuero y protegidas con metal en las esquinas, para hacerlas insensibles a los golpes y al maltrato. La de fibra, símbolo de la pequeña burguesía, fraterniza con la maleta en cartón de un proletario. Y sobre el porta-bultos descansa el más modesto de los equipajes: un simple envoltorio de papel grueso amarrado con un cordel. No es necesario molestar los ojos para filiar a su dueño, arquetipo de nuestro guajiro. Flaco y macilento, con las mejillas hundidas y la barba mal afeitada, con los ojos perdidos en las órbitas profundas, con el sombrero de yarey deshilachado y entre los labios caídos una tagarnina que no humea, el hombre es una estampa en carne de la resignación, la pobreza y el fatalismo. La estampa viva, digámoslo concretamente, del campesino cubano: Cristo crucificado en el bajo precio del azúcar por la codicia de los latifundistas.

“Se oye, de pronto, un son de campanas. Comienza a rezongar un motor. Tintinean los cristales de las ventanillas; crujen, quejándose, las maderas; los vagones tiritan con sorda trepidación, y, al cabo, arranca el gas-car, entre leves ahogos de asma, con movimientos de reumático.

“Y a poca velocidad, demorándose en la contemplación del paisaje, atraviesa la máquina un trozo de llanura inmisericorde. Sobre una superficie de barro, mal viven a duras penas hierbajos resecos. Desperdigadas palmas canas, que acusan una tierra demasiado ruin, se alzan a modo de mendicantes en la perspectiva desolada. La brisa mañanera mueve los abanicos ondulados de sus pencas, que algún día, después de cortadas y secas, irán a cobijar, con alacranes y cucarachas, la miseria de un campesino.

“Se detiene el gas-car en Guaracabuya, centro de la República, ombligo de la Isla, y lo asaltan algunos guajiros jóvenes. Casi todos portan pequeños sacos de tela, talegos de ilusión, donde guardan el gallo que vencedor en la valla de Trinidad, durante las famosas peleas del Sábado de Gloria, habrá de difundir el nombre de su criador por toda la comarca.

“La tierra empieza a mostrarse generosa con el esfuerzo humano. Un arado ha puesto al desnudo sus carnes prietas pastosas, húmedas, que son un certificado de feracidad. A la distancia, un hombre lucha con un buey, que se resiste a ser uncido. La mañana se extiende, se hace más ancha. Y ya no se cansan los ojos sobre un campo pajizo, castigado por un sol implacable, sino que se regodean, aliviados, en la alegría de un verdor primaveral.

“Levanta alguien una ventanilla del gas-car. La neblina, bruscamente licuada, convertida en gotas de agua helada, salta al interior y produce una sensación de quemadura leve en el rostro aterido. Barre una ráfaga el coche, de extremo a extremo, y algunos pasajeros, que visten ropas ligeras, cruzan, friolentos, los brazos.

“Pero después de Báez la temperatura se entibia. Y, sin embargo, hemos entrado en el imperio de la neblina. El gas-car jadea en el esfuerzo de la ascensión como un pecho sofocado. A veinte metros de la vía cuelga del cielo una barrera móvil, impalpable y elástica, que interrumpe la visión, y el sol no es sino un reflejo, una ilusión apenas, tras una pantalla de amianto. Llanura reseca de color de arena y campo de lujurioso verdor; aire límpido primero y arropado en neblina después; colinas breves y lomas altas; cañadas y derriscaderos, extensiones planas: el viaje hasta Trinidad es una colección de mirases distintos, donde nunca se advierte la monotonía habitual del paisaje cubano. No sorprende ya, por lo tanto, que un rato después de Báez, pasado el paradero del central “Agabama”, la neblina se haya borrado completamente. Y al arribar a Fomento, con un aire que tiene la dulzura de un fruto, la atmósfera resplandece bajo un sol de cobre como un cristal recién lavado.

“El gas-car arroja apresuradamente gran parte de su carga humana. Pero de inmediato se vuelve a llenar. Y este bajar y subir de viajeros es un claro signo de la prosperidad de Fomento, antiguo barrio de Trinidad que al enriquecerse, solicitó su autonomía municipal. Hijo de familia, obligado a contribuir en forma abusiva a los gastos del hogar matriz, consciente de que casi toda la utilidad de sus esfuerzos fluía hacia la cabecera del Municipio, quiso independizarse, para ser árbitro de su propio destino. Por ello despertó la oculta antipatía de Trinidad que, reputándolo ingrato, pronosticó que no podría subsistir independiente. Pero Fomento se burló de este pronóstico y de aquella antipatía. Y merced a sus vegas, que producen un tabaco excelente, gracias a sus dos ingenios, que se alimentan de extensos cañaverales: en virtud de su floreciente industria avícola, de sus inmensos campos de maíz, de sus cultivos de frutos menores y de sus profusas crías de ganado, no sólo subsiste, sino que es ahora más rico y próspero que Trinidad.

“Acaso tal prosperidad haga prolíficos en grado sumo a los habitantes de Fomento. Se instala en el gas-car un matrimonio tan cargado de hijos, que hace de cuatro asientos otras tantas latas de sardinas. La madre, semejante a una gallina recelosa, gira los ojos en torno, para pasarle revista a su cría. Y, de repente, un tanto sobresaltada, vocifera:

“-¡Me falta un muchacho...!

“Quizá no acierta a determinar cuál es, porque, mirando desolada a su marido, repite:

“-¡Me falta un muchacho...!

“El esposo busca con ansia. Tiende los ojos hacia todas partes; da vueltas sobre sí mismo, se mueve nerviosamente, y no recobra el sosiego hasta que, desde un rincón, asomando la cabeza desgreñada por entro un montón de bultos, un chiquillo de diez años, con las pupilas fulgurantes de júbilo, grita:

“-¡Aquí estoy, mamá!

“Lejos ya de Fomento, dejados atrás los apeaderos de Alfonso y Sopimpa, el paisaje varia y se hace más bello. El gas-car se desliza por entre una continua sucesión de alcores: pichones de colinas en tal profusión, tan cercanos, tan unidos, que se dirían apoyados entre sí, prestándose mutuamente calor y abrigo o, mejor, que nacen unos de otros, como las espirales de una bocanada de humo. Y ostentan, no obstante su proximidad al espectador, tal gracia ingenua de senos núbiles, que se quisiera extender el brazo en un tierno ademán de caricia. Más allá de los alcores se perfilan contra un cielo de porcelana algunas palmas melancólicas. Y de cuando en cuando se ven, a la distancia, bohíos de aspecto sórdico, que, por sus paredes de yagua, sus techos de guano, sus pisos de tierra y su falta de higiene, están demandando el amor de un fuego que los purifique.

“Súbitamente, los alcores -repudiando el apoyo fraterno- se hinchan y se alzan. Se han transformado en empinadas lomas y, para contemplarlas desde el gas-car, es preciso levantar los ojos. Atravesados por las vías férreas, simulan quistes monstruosos, sometidos a brutal operación quirúrgica. Y de trecho en trecho muestran sus heridas incurables, no acaban de cicatrizar, como una maldición contra el ferrocarril que, desgarrándolas, puso al sol sus entrañas calizas, de color oscuro en partes y en partes del color del jade.

“El gas-car escala, bordeándola, una larga meseta, que se extiende ente la mirada cual un campo de juego. Pero a los pies de la máquina, al volverse hacía abajo, los osos se hunden en frecuenten hondonadas, espesas de vegetación. Y todo aquello es una fiesta de luz y de colores. No hay tiempo, sin embargo, para admirarla, porque, unos minutos después, surge ante las pupilas deslumbradas el río Agabama, franja de estaño, agua dormida que devana un sueño de siglos entre el verdor de una flora ubérrima, donde exhibe su decorativa prestancia la yagruma, símbolo heráldico de la noche y el día.

“Detrás de mi dos hombres charlan. Y, al referirse a las distantes lomas, me obsequian una lección de geografía económica local. No les interesa la tierra por su apariencia, sino por su utilidad. Ante la belleza del río incomparable permanecen indiferentes, pero la fertilidad del terreno los conmueve y exalta. Y los deprime, en cambio, el campo sin cultivo. Gracias a ello conozco, al seguir el curso de su diálogo, que las lomas trinitarias son, en su mayoría de una feracidad que pasma. Café, tabaco y caña podría cultivarse en ellas. Y, dedicadas a los frutos menores, bastarían para abastecer a tres poblaciones como Trinidad, a la que antaño surtían de viandas. Pero no existen caminos, ni siquiera primitivos caminos vecinales. Y entonces, ¿para que sembrar, si la cosecha habría de perderse en el campo? Es necesario transportar los frutos a lomo de mulo con un costo excesivo, tan excesivo, que resulta más económico traerlos por ferrocarril desde La Habana. De ahí que los trinitarios esperen la terminación del Sanatorio Antituberculoso de Topes de Collantes como el regalo de un hada madrina.

“-Van a hacer la carretera de Sancti Spíritus a Trinidad -explica uno de los interlocutores.

“Dicen eso- responde el otro.

“-Con vías de comunicación, Trinidad volverá a vivir. Y pronto las tendremos.

“¡Ojalá...! ¡El Sanatorio va a sor nuestra salvación! -exclama el segundo interlocutor. Y palpita en su voz, al par que la ansiedad de una esperanza, el fervoroso calor de una oración.

“Meyer y Condado, antiguos latifundios convertidos en poblachos de exigua importancia, han quedado a la zaga. Y atrás han quedado, igualmente, las cumbres de la Sierra, que parecen, en la lejanía, suavizadas por un baño de humo azulado. El cielo, limpio de nubes, sin un celaje siquiera, luce una transparencia maravillosa. El ruido del gas-car abre el silencio, que, transcurridos unos instantes, toma a cerrarse, profundo y solemne, tras la armazón de hierro y madera. Los ojos ávidos horadan la atmósfera diáfana. Y de pronto, como un gigantesco y solitario centinela, aparece en la quietud de la llanura la Torre de Iznaga, construcción centenaria, de sugestiva belleza arquitectónica, que anuncia, con su mudo grito de piedra, la inminente llegada a Trinidad.”





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Última Revisión: 1 de Enero del 2005
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