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“Capítulo III”
“Del río Táyaba y de sus tradiciones.”
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“Sumario: Fuente del río Táyaba. -Su curso. -El charco del Negrito. -Su vieja leyenda. -San Juan Bautista trasmutado en un negrito.


“El río Táyaba, desde que brota en las alturas de San Juan de Letrán, va formando remansos bellísimos en los que abunda la pesca; y puede admirarse, en las florecidas riberas, como maduran las frutas tropicales en riquísima abundancia.


“En uno de esos remansos, después de rodear en graciosas espirales algunas quintas que, en años pretéritos, fueron como esos "hotelitos" que bordean los lagos suizos, aparece el charco del "Negrito", de bastante extensión, rodeado de cantarinos saltos, en la época en que el Táyaba era río que llevaba considerable caudal de agua, porque actualmente, ha llegado a convertirse en arroyuelo, sin sus charcos que evocaban interesantes leyendas, como la que sirve de fundamento a esta tradición.


“El charco del Negrito era motivo de fantásticas leyendas, ya en los días oscuros, de prácticas místicas, ya en la riente temporada de San Juan y San Pedro. Unos se hacían lenguas propalando que el propio día que había sido sepultado el Mártir del Gólgota, aparecía, como surgiendo de las profundidades del charco, una negra figura con ojos de candela.


“Otros aseguraban que era corriente, en la época de oro de Trinidad y en los días de la temporada de San Juan, principalmente, en la fecha del santo Bautista, ir en peregrinación hasta el charco del Negrito. ¿Qué motivaba esta excursión hacía las márgenes del Táyaba, dejando detrás el charco del Guamá, el de la Cruz y el baño de las Almendras, para ir un poco más allá hasta el charco del Negrito? ¿A qué se debió el nombre de este charco, plácido remanso, en cuyas márgenes se sentía el perfume de las pomarosas y veíase cruzar, copio un girón de níveas plumas, algunas garzas, como la tórtola de Milanés, de pies rojos?


“De labios de los viejos troncos familiares se trasmitía la leyenda de que ese dulce remanso había sido teatro de horripilante tragedia; que, en los días nefastos de la esclavitud, cuando los hombres que arrastraban el infamante grillete empezaron a sentirse libres y no faltaba en las dotaciones de los ingenios un nuevo Espartaco que los animara a la lucha, el charco del Negrito fue refugio de un infeliz bozal que, huyendo a las persecuciones, y viendo diezmada su familia y destruido el conuco, se ocultaba en sus aguas verdinegras.


“La tradición afirma que algún genio invisible -¿sería la -Ninfa del Táyaba de que habla la interesante leyenda de Fernando Malibrán?-, sirena que tenía su alcázar de algas en las profundidades del charco- brindaba su abrigo a la pobrecita víctima de la crueldad humana. Podía haber delatores; algún guajiro veía sentado en las piedras de la orilla al negrito errante; pero sus perseguidores jamás lo encontraron, ni aún, bajando al fondo del charco; y tan pronto se alejaban, podía admirarse sonriente, lustroso, luciendo al sol la hirsuta cabeza y, en la boca, como un coco abierto y labrado, la dentadura de felino.


“Pasaron los años, y la imaginación popular mezcló a esta leyenda el recuerdo del Viernes Santo en que los ojos de fuego del Negrito brillaban intensamente, afirmándose que era el propio San Juan Bautista el que aparecía en el charco, por eso, también, se asoció la leyenda a la clásica fecha del día de San Juan.


“No faltaban los que decían haber visto al Negrito derramando agua con una jícara sobre la cabeza de alguno que otro muchacho que acudía a bañarse a la orilla del charco. Así fue aumentando la leyenda, y, arrastrados por ella, el día de San Juan, acudían al charco del Negrito, hombres, mujeres y niños, y nadie dejaba de ver sentado en una piedra, alisándose el cabello con un peine de oro, al legendario Negrito, con los ojos hechos ascuas, de esto no va quedando ya ni el eco de la leyenda, pero, a través, del tiempo, se conserva el nombre del charco en cuya vecindad se han levantado rústicos bohíos, se han roturado las tierras, pero también, se han destruido las florecidas márgenes y los altos palmares que brindaban su sombra al fugitivo esclavo...


“Se ha desvanecido el perfume de la leyenda, y, en los bulliciosos días de San Juan o en los quejumbrosos de la Semana Mayor, nadie va hacia el poético remanso con el alma llena de candor, ni se piensa en contemplar, cono una esfinge al Negrito del charco, con sus ojos de ruego.


“En medio de las evocadoras fiestas de semana santa, o en el tropel de las diversiones públicas de un carnaval, mientras Momo hacía piruetas o el alma se arrodillaba ante el martirio del Hombre-­Dios, había tiempo antaño para llevar al espíritu un poco de bondad, volver los ojos a la tradición y mirar con infinita inocencia, sobre la superficie del charco, la rizada cabeza del Negrito solitario. Los tiempos de hogaño son áridos y duros y sobre ellos no florecen ni viven las sabrosas leyendas con que se deleitaban nuestros abuelos en las veladas hogareñas.”




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Última Revisión: 1 de Mayo del 2005
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