Guije.com Parque Martí en «Historia de Trinidad» en Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba


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Apéndice 1
Apéndice 2
Apéndice 3
Apéndice 4
Apéndice 5
Apéndice 6
Apéndice 7
Apéndice 8



El Municipio de Trinidad
“Historia de Trinidad”
“Parte Sexta”
“Capítulo VI”
“Del Historial del Parque Martí”
Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba

“Sumario: Donde levantó su estandarte Hernán Cortes. -La época de Fernando VII. -Humboldt pasea en la Plaza Mayor. -El Brigadier Serrano del Castillo embellece la antigua Plaza. -Colecta publica. -La verja actual fue traída de los Estados Unidos. -Los ingenieros Sagebién y Bastida Tardío. -Construcción de los aljibes. -La estatua de Terpsícore. -Busto de Martí. -La tala inconsciente de los históricos mirtos.


“El Parque de Martí, situado en el lugar que ocupó la primitiva Plaza Mayor, fue, desde sus principios, un sitio memorable. Allí puso su campamento el conquistador de México, Hernán Cortés. Allí "plantó su estandarte, un lujoso estandarte de tafetán negro, con Cruz colorada, sembrado de unas llamas azules y blancas, y una letra por orla que decía: "sigamos la cruz y con esta señal venceremos"; allí lanzó sus pregones y reunió buena copia de gente, y parte, principalísima del matalotaje expedicionario. Esto ocurrió en el año 1518.


“Esta plaza se llama, después, de Fernando VII, y fue siempre punto señalado de reunión de las fuerzas armadas que guarnecían la ciudad. Cuando los sucesos que dieron en España al traste con el gobierno absolutista de Fernando VII y se restableció la Cons­titución, en Trinidad, en que siempre ha flotado el espíritu de libertad, se proclamó, en esa plaza, dicha de la " Constitución" y se colocó en una columna la estatua de la Justicia. La calle de las Guásimas fue denominada de Lacy, en honor al General Don Luis Lacy, héroe del paso de los Medas, en la lucha de España con­tra la invasión napoleónica. Lacy fue inmolado, después, por la reacción fernandista, por haberse sublevado en Cataluña a favor del régimen liberal.


“Más tarde, al restaurarse el gobierno absoluto en España, los sicarios de la tiranía -que los ha habido en toda época- derriba­ron de aquel lugar la columna y la estatua al grito do "Viva el Rey absoluto", empleando una yunta de bueyes para arrojar los atributos de la Libertad; y así, durante poco tiempo, ese lugar fue conocido con el nombre de Plaza de la Constitución.


“Desde Paris, en 20 de octubre de 1835, se dirigió Don J. Luis Brunet al Ayuntamiento de Trinidad acompañándole copia del Real Decreto de 20 de mayo de 1834, por el cual se le autorizaba para hacer construir en Paris, a sus expensas, una estatua de bronce de la Reina Doña Isabel II y colocarla en la plaza de esta ciudad so­bre tea pedestal rodeado de verjas de hierro, con la inscripci6u, al pie, en tetras do oro: "A Isabel II, Reina de España. Su excelsa madre, María Cristina de Borbón, Gobernadora del Reino, accedió a la colocación de este monumento erigido, a expensas de Juan Luis Brunet, en recuerdo de los grandiosos acontecimientos del año 1834".


“Se dispuso que el diseño se sometiera al examen de la Real Academia de San Fernando para que no resultara una obra vulgar. Brunet solicitó que la estatua fuera colocada en la plaza de la igle­sia Mayor y que, dicha plaza, tomara el nombre de PLAZA DE ISBEL SEGUNDA, y que, se obtuviera del Gobernador militar, para custodiar la Real Estatua, un centinela continuo para evitar que algún mal intencionado, pudiera degradar el monumento.


“En cabildo ordinario celebrado en 5 de septiembre de 1836, pre­sidido por el Gobernador Político y Militar, Coronel Don Francisco Sterling, se trató de la obra y de solemnizar el acto de la coloca­ción de la estatua de que se trata, pero, no pasó de ahí este pro­yecto que hubiera traído, como consecuencia, que el actual parque de Martí contara, entre sus denominaciones, la de PLAZA DE ISABEL SEGUNDA y que -como ocurrió en la Habana- la estatua de dicha Reina fuera sustituida por la de Martí.


“Ya en tiempos del Barón de Humboldt (1801) existía esta pla­za. En su obra "Ensayo Político sobre la Isla de Cuba", dice: "Pa­samos una noche muy agradable en casa de Don Antonio Padrón, uno de los habitantes mas ricos, en donde se hallaba reunido en tertulia todo lo principal de Trinidad". Esta casa -donde pace algún tiempo se encuentra establecido el Colegio de las Madres Dominicas- es la que fue conocida por la de Doña Angela Borrell y Padrón, y luego pasó, por herencia, a poder de Doña Nicolasa Sánchez, Vda. de Ramos. Doña Angela casó en esta ciudad con el Gobernador Don Miguel Domínguez de Guevara, padre de la celebrada Condesa de San Antonio y Duquesa de la Torre, casada con el General Don Francisco Serrano que fue Regente del Reino de España. Doña Antonia Domínguez y Borrell de Serrano, trinitaria de la mayor distinción, brilló en las Cortes españolas y en la francesa en época del Emperador Napoleón III y algún biógrafo del General Serrano le atribuye muchas cosas de éste a la influencia decisiva que ejercía la criolla en el ánimo del caudillo español.


“Después del gran convite que le dio el Teniente Gobernador, el Barón de Humboldt paseó por la Plaza Mayor -que en lugar del enrejado tenía murallones de florecido mirto- en compañía de Aimée Bonpland, del Gobernador, que lo era el Teniente de Infantería Don Alonso de Viana y Ulloa, del Párroco y "poeta" Don José A. Silva, de Don José Tomás Muñoz en cuya casa fue hospedado el sabio prusiano. Esta es la casa No. 7 de la calle del Cristo de la Veracruz, entre las del Rosario y Cañada, que tiene una cruz en la pared sobre base de mampostería.


“Dicho ilustre viajero hizo observaciones cerca de la Parroquia; halló la latitud (21°48'20") por la Espiga de la Virgen, del Cen­tauro de la Cruz del Sur (14 de marzo de 1801) y se dirigió, con su comitiva a la citada casa de Padrón, y dice: "Nos admiraron de nuevo la alegría y viveza de las mujeres de Cuba igualmente en la provincia que en la Capital. Son unos dones felices de la Naturaleza a los que, el refinamiento de la civilización europea puede dar más atractivo; pero que agradan ya en su sencillez primitiva".


“El ilustre polígrafo, Don Fernando Ortiz, se lamenta de que una iniciativa edilicia no haya reparado el típico caserón donde fue hospedado Humboldt; y antes, el notable naturalista, Don Ramón de la Sagra, en 1859, incitó al público trinitario a que, en modesta forma, erigiera un monumento y conservara así la grata memoria del viajero insigne.


“Corría el año 1859. El elemento social de Trinidad, que no tenía, en rigor, un parque, formaba tertulias muy amenas en distintas casas, entre ellas, en la de Doña Nicolasa Sánchez. Cuéntase que doña Nicolasa tenía un sillón muy lujoso pintado de verde y era augurio de bodas para la criolla que se sentara en el atercio­pelado mueble. Allí acudía la gente más distinguida de Trinidad, y, de esa reunión formaba parte el Brigadier Don Luis María Serrano del Castillo, que vivía en la calle Real, casa contigua, cono­cida por la de Don Pío Fernández de Lara, y hoy (1944) ocupada por la familia Bequer-Lara.


“En esas reuniones se estableció el juego de la lotería de carto­nes a manera de distracción, surgiendo la idea de construir, en el lugar llamado Plaza Mayor, una verdadera plaza de recreo; idea que apadrinó el Brigadier Serrano Castillo y que se puso en eje­cución cruzando interés en el juego para destinar sus utilidades a los gastos de la obra. Así sucedió, disponiéndose al poco tiempo, de un respetable fondo, que, unido a las buenas onzas de oro que donaron vecinos prominentes, proporcionó el dinero necesario para la construcción de la celebre Placita, con cuyo nombre la conoce­mos aun los viejos trinitarios.


“De los Estados Unidos, por medio de Don Marino Pomares Pe­ña que tenía su escritorio enfrente, en los llamados bajos de Ortiz, casa donde estuvo después el Registro. Civil, se trajo la verja de hierro que cierra el paseo. Esa verja cuando llegó traía veinte co­lumnas con otras tantas farolas que se alumbraban con aceite de oliva. Luego, al establecerse el alumbrado de gas, esta Empresa colocó sus columnas como más decentes y cortó aquellas. Estable­cido, más recientemente, el alumbrado eléctrico, se instaló en la Placita, en la forma deficiente en que aún lo tenemos.


“La obra fue trazada por el Ingeniero del Ferrocarril, Don Julio Sagebién y Delgado, acompañado del trinitario, Don Julio Bastida y Tardío, con reconocido gusto, en el año 1857.


“Más adelante, y siendo Gobernador Don Francisco Patiño y Domínguez, se construyeron los dos aljibes en el año 1868, fecha que consta en una de las rejas, siendo los comisionados, para lle­var a cabo la obra, Don Domingo Díaz Vélez y Don Antonio Ca­cho y Ramos.


“La Plaza fue llamada de Serrano en honor al Gobernador que había patrocinado su construcción. Posteriormente, se levantó en el centro de ella, una columna de mampostería y, sobre ésta, se co­locó una estatua, de mármol, de Terspsícore, que, al principio es­tuvo en la llamada Plaza de Paula, denominada, más tarde, de Carrillo -hoy Céspedes- como un recuerdo al Gobernador Don Pe­dro Carrillo de Albornoz, de feliz memoria.


“En la noche del 2 de diciembre de 1898, víspera de la evacua­ción de las tropas españolas que guarnecían esta ciudad, fue dicha estatua arrojada del pedestal y descabezada. Así permaneció al­gún tiempo hasta que se le agregó una tosca cabeza de madera, y, estuvo en la columna, hasta el 28 de enero del 1925, en que fue colocado un busto de mármol del Apóstol, José Martí, nombre con que ya había sido designada dicha Plaza y la contigua calle del Desengaño. Bien está ahí, donde antaño estuvo la estatua de la Justicia, el busto de mármol del Apóstol, rodeado de las altas palmas, como magníficos pebeteros que, al agitar la brisa sus verdes pena­chos, parecen recordar las frases del maestro: "Hay que poner la Justicia tan alta como las palmas..."; y aprendan los niños y los jóvenes que por allí pasan a admirar, respetar y reverenciar aque­lla figura, la más completa y pura que Cuba ha producido.


“Hecha, a grandes rasgos, la historia del parque de Martí, se echa de ver su importancia, tanto en los coloniales tiempos, como en años posteriores. En todas las épocas, sobre los aljibes de la Placita han hecho derroches, unos, de oratoria, y otros, de menti­ras ante el pueblo con promesas que, de haberse cumplido, Trinidad fuera lo que antaño: una de las más florecientes y ricas poblaciones de Cuba.


“Afortunadamente, para la tradición, el Parque de Martí con­serva, en gran parte, su antigua estructura. Goza de privilegiado ambiente por su sitio en la parte alta de la ciudad; en medio de un lugar lleno de misterioso encanto y bañado en las tardes y noches de deliciosas brisas.


“La Plaza es de estilo colonial, y así subsiste, a pesar de algu­nas innovaciones, entre ellas, el embaldosado alrededor de las re­jas, donde, en principio, se levantaban bellos flamboyanes rojos y gualda y decorativas rosas francesas. Se sembraron, después, ar­bustos que fueron talados. Los clásicos galgos de hierro permanecen, impasibles, y continúan como cabalgaduras de varias genera­ciones infantiles de trinitarios. Los mirtos simbólicos constituían una tradición y daban cierto sello de jardín granadino al parquecito. Almas femeninas hicieron de ellos claves misteriosas, poniendo en sus hojas el "sí" y el "no" de sus sueños de amor...”




Vistas de la ciudad de Trinidad, en la provincia de Las Villas en las Tarjetas Postales




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Última Revisión: 1 de Mayo del 2005
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